17/07/17: Así fue la presentación de LOS MEJORES DÍAS, de Magalí Etchebarne

Inés Acevedo y Santiago Llach leyeron un texto cada uno, hubo pizza, tragos, firma de ejemplares y bailamos hasta la madrugada.

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Textos leídos

Cómo contar sin contar

“Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman”. J.L. Borges

Después de cerrar el libro de cuentos Los mejores días (Ed. Tenemos las máquinas) empecé a tratar de procesar el impacto que me había provocado, quise hacer una lista con las cosas que me gustaban, y al final, hace poco, caí en la cuenta de que varias cosas que se cuentan allí vienen de la vida de la autora, pude identificar que algunos sucesos y personajes eran autobiográficos. Pero yo no lo había notado. Tomo nota de eso porque también me sirvió para entender por qué era tan bueno este libro.

Es que, por más que identifico ciertas anécdotas o personajes con cosas que refieren a la vida de Magalí Etchebarne, a mí nunca me pareció, en ninguna palabra del libro, que ella quisiera contar algo, ni de su vida ni de nada. Es un libro sin pretensiones, es una escritura inofensiva, inofensiva en el sentido en que Tamara Kamenszain desarrolla esta idea en Una intimidad inofensivaLos que escriben con lo que hayNo hay intencionalidad ni rastros de doctrinas, ni siquiera sobre la literatura. Yo sentí que en este libro se decía, justamente: “Esto es lo que hay”.

Son historias sobre mujeres, y sobre cómo ellas adquieren conocimientos importantes sobre la vida, y los obtienen por una experiencia que siempre está atravesada por el diálogo con otras mujeres. Como dije, no hay intención doctrinaria, y sin embargo dice cosas tan verdaderas que, al final, al cerrar el libro, esas verdades, que fueron dichas de una forma simple pero llena de poesía, tanto en las voces de la gente como en los paisajes de río donde las cosas suceden, parecen desbordarse para quedarse con nosotros para siempre.

Cómo sería exactamente esta manera de contar? Etchebarne resuelve un dilema terrible del cuentista, que es cómo evitar contar algo.

Entonces, ¿cómo sería exactamente esta manera de contar? Magalí resuelve un dilema terrible del cuentista, que es cómo evitar contar algo. (Dice Saer respecto del problema de contar algo, de contar un sentimiento o un acontecimiento: “De esa nada del sentimiento y del acontecimiento, he tratado, durante años, y trato todavía, de desembarazarme.. Ese desalojo ha de ser, para un escritor, la condición básica que le permita encontrar el camino de una invención positiva. La ganga de lo falso, el sentimiento y el acontecimiento, es tenaz, y el riesgo de arrancársela de sí estriba en que puede dejarnos, incurablemente tal vez, en carne viva”). Creo que con eso se quiere decir que no se trata simplemente de “contar una historia”: quisiéramos que el lenguaje se valiera por sí solo para poder situar a un lector en otro mundo.

Durante muchos años, un paradigma importante fue cuánto narrar, qué cantidad de lo que se quería contar dejar afuera, sugiriendo algo; era una técnica potente y atractiva, porque nos dejaba mucho para hacer como lectores, nos enaltecía, y eso es agradable. El problema es que, aun dejando afuera la cosa narrada, aun contándola sin contarla, aun rodeándola con hechos y descripciones que no hacían más que señalarla, el gesto de querer contar permanecía (Borges ya había solucionado ese problema de manera superadora, antes que a Hemingway se le ocurriera esta idea, como siempre). Pero además, otro problema de ese paradigma es, y eso lo sentimos con oídos del siglo XXI, que esa manera de contar no nos dejaba decir ciertas cosas, especialmente, no nos dejaba hablar de nuestros sentimientos (y este es un problema que Magalí resuelve).

¿Y por qué no se puede contar algo así como así? Si un cuento intenta contaralgo, si sentimos por parte del autor una mínima intención, eso ya nos devuelve al mundo, nos devuelve al autor, que está en el mundo, y a lo que quiere contar, que es algo del mundo, y eso es lo que no queremos como lectores, no queremos abrir un libro y recordar nada de ese mundo que queremos soterrar, de ese mundo del que, humildemente, y ante la ley, esperamos escapar cuando abrimos un libro. Si eso ocurre, la ficción fracasa.

Por eso, teniendo en mente esta simple y común idea de que la literatura tiene el poder de embarcarnos a otro lugar, a otro mundo, busqué en este libro tres momentos cruciales que nos hacen sentir, como lectores, que ingresamos a la ficción, y también busqué ver cómo en cada momento se resolvía este problema de contar sin contar.

En la primera oración de este libro ya es claro que valdrá la pena releerlo.

El primer momento es el comienzo. Como dice Pavese: “Una vez escrita la primera línea de un relato, ya está todo elegido, el estilo, el tono y el giro de los acontecimientos”. En la primera oración de este libro ya es claro que valdrá la pena releerlo. En el primer cuento, “Como animales”, la narradora comienza así:

“Las mujeres en esta familia no engendran a sus hijos, se los traen de lugares. A nuestra prima Carolina la trajeron de una provincia del norte cuando tenía cinco años y dice mi mamá que llegó con las uñas negras de carbonero; la abuela misma no conoció a su madre, la entregaron a una prima lejana porque no tenían plata para criarla”.

El libro se inicia con un saber: las mujeres de esta familia no engendran hijos, se los traen de lugares. Ese saber proviene de una serie de lazos familiares femeninos: madres, abuelas, primas, y es un saber imposible de reconstruir, imposible de contar. A continuación, hay un micro relato, puesto en boca de la madre: “llegó con las uñas negras de carbonero“. ¿Qué es un carbonero? ¿Alguien que pone carbón en un ferrocarril? ¿Un minero? ¿O es simplemente una forma de esa familia de decir que alguien tiene las uñas sucias porque un día algún carbonero habrá ido a comer a la casa y la familia se escandalizó porque no se lavaba las manos? Ya estas pocas frases y ya una sola palabra elegida nos meten en un mundo de inmediato, y ya contienen todas las cosas de las que hablan estos cuentos. Saberes fijados por lazos de mujeres, palabras específicas que solo tienen sentido hacia el interior de una familia. La tercera frase, la que refiere al origen de la abuela, parece el resultado de cientos de repeticiones dentro de esa familia, o tal vez de intuiciones, no lo sabemos, pero es también una frase construida por cientos de experiencias compartidas y cientos de palabras y emociones imposibles de contar o reproducir. Ya entramos a un mundo donde están estas mujeres que comparten cosas y que esas cosas producen un saber que es una ley de la vida y esa ley tiene el primer lugar en el libro: “las mujeres de esta familia no engendran hijos, se los traen de lugares”.

El segundo momento es el final. El momento que todas, como escritoras, quisiéramos que nuestros lectores vivieran, y que, como lectores, nos gusta tanto sentir, que es que al cerrar el libro, nuestro horizonte y los puntos cardinales no siguen estando en el mismo lugar que cuando lo empezamos. Obtenemos, de la ficción, un horizonte más grande, y nos encaminamos en una nueva dirección. Esta es la última oración del libro, en el cuento “Capitán”. Es la oración que nos despide de ese mundo y nos deposita nuevamente en nuestra realidad. Aquí la narradora espera, sola en el Tigre. Espera algo de su novio y espera algo de la naturaleza que la rodea. Sin comas, dice (Espero)

“Su muerte la crecida del río la llegada del dorado las plagas de mosquitos”.

Es un final muy inquietante. El libro se cierra con una mujer que espera sola en la naturaleza, espera que su ser querido y atormentado muera o nunca regrese, y espera que la naturaleza se vuelva caos, y está sola. (En otro gran momento de este libro, uno de mis momentos favoritos, una chica descalza debe hacerle frente a un escorpión, pero el escorpión se escapa, entonces para poder atraparlo ella se pone a ordenar y a limpiar la casa corriendo el riesgo de morir en ese “ordenar el caos”, sin que su novio quiera ayudarla). El libro nos deja con eso. Pero en esa mujer no hay miedo, hay una simple espera del caos y el conocimiento de que ese caos y esa soledad son algo que nos acompañará siempre.

Romper así las reglas de la escritura es tan genial como lo es que Martín Fierro rompa su guitarra

Esa frase sin comas, el abandono de la  sintaxis no podría ser más genial como manera de finalizar un libro. Parece que romper así las reglas de la escritura es tan genial como lo es que Martín Fierro rompa su guitarra. En ese cuento lo que se cuenta podría ser la historia de una mujer que ama a un hombre atormentado o también la manera de empezar a olvidarlo o despedirse de alguien amado. Todas esas son historias posibles, no se cuenta una sola historia, pero lo que sí se cuenta es una cosa verdadera y terrible y esa cosa se dice claramente, no es ningún iceberg que debamos bucear: se dice que la soledad y el caos en nuestra vida son algo cierto.

Y por último, el tercer momento, que es esa experiencia alucinante que es pasar por una frase en un libro y que esa frase haga que nuestra mirada se retire del papel y quede en el vacío, y quedarnos recalculando en nuestra cabeza y en nuestro corazón, calibrando esas cosas que el texto está modificando en nosotros. Es un momento de libertad única, porque pareciera que no estamos en este mundo ni en ningún otro, como si la literatura nos pudiera regalar un paréntesis de la vida que es en realidad una sobrevida. Y me pasó muchas veces al leer este libro, pero elijo un fragmento que sé que a otras personas también les impactó, este fragmento está en el cuento “Buena madre”:

“A veces el pasado son cajas adentro de otras cajas que uno va abriendo a medida que se las encuentra en la memoria y adentro tienen un mensaje. Pero a veces no hay ningún mensaje, a veces no dicen nada. Y mirar para atrás es como apagar la luz. Su abuela le dijo una de esas tardes en que monologaba, un poco hipnotizada como solía estar por ciega y perdida en el bosque quemado de su mente, que una mentira puede fundar una familia, y que el amor es una excusa que enseguida se prende fuego en el living”.

Es un fragmento notable, y el libro está lleno de frases como esta, llenas de poesía, o que parecen letras de canciones y también de una técnica perfecta (la repetición de las palabras “cajas” y “mensaje”, también una frase larga que se remata luego con una oración corta: “Y mirar para atrás es como apagar la luz”. Y luego de esa primera frase tan filosófica sobre el pasado, aparece de pronto la sabiduría de la abuela que nos coloca en un espacio más que real y mundano: el living, y ese contraste nos sorprende). El libro está lleno de estas metáforas propias y ajenas, hechas con los materiales más comunes, como cajas y livings.

Ese saber sin dueño, del que nadie se hace cargo, ni lo invoca o lo pregona, ese saber imposible de ser contado o trasmitido, es el que mueve y enlaza todas estas historias. Ese saber, que es propiedad de esas mujeres y al mismo tiempo no lo es, porque siempre se transmite, es transversal al tiempo, y es el que está moviendo los relatos, pero lo interesante es que ese saber no se oculta, al contario, está en primer lugar. No se trata de contar una historia que ilustre este saber. Es al revés: ese saber quiere estar vivo, pugna por salir, y por eso esa idea busca en el pasado sucesos, puntos de contacto que lo actualicen. Así es como se forman estos relatos. Ese ese saber el que mueve los relatos y selecciona sucesos que lo hagan emerger como algo cierto.

Con estas tres cosas yo creo que este libro responde a importantes cuestiones de la literatura del siglo XX y el siglo XXI. Del siglo XX, algo que tanto preocupó a los más grandes, y que nos sigue preocupando: cómo contar sin contar. Del siglo XXI, algo que también nos mueve, y que es un espacio en el que las mujeres podemos tomar la palabra con gran soltura y que es, poder hablar de los sentimientos.

Pero me queda algo más para decir. En la contratapa yo dije que este es el libro que todos desearíamos escribir, y no era solo una frase bonita. Quería decir que en este libro cada cuento se basta por sí solo, pero el total del libro es más que la suma de las partes. Y ese plus es y será el valor político del libro. Porque después de leerlo volvemos al mundo con una herramienta nueva. Podemos empezar a pensar cómo esas experiencias familiares nos constituyen y crean nuestra realidad, y empezar a trabajar con eso. Podemos pensar cómo son las mujeres de este libro. Hay madres y embarazadas, pero el foco de la historia no es el hijo, ni el padre del hijo, es una deuda pendiente consigo mismas. Hay abuelas que saben cosas de la vida y las transmiten, hay adolescentes comienzan a descubrir cómo es ser adultas, pero todas ellas no triunfan ni se rinden, simplemente atraviesan ese saber y lo transmiten. En este libro también hay narradoras que saben hacerse cargo de lo terrible que puede ser la vida con palabras justas.

Mientras pienso esto, mi mirada se cruza, por casualidad, (como pasa con los buenos libros, donde en cualquier página hay algo memorable), con una frase que también está en el cuento “Buena madre”. Y quiero cerrar con esta imagen porque es la cereza política del postre. Pedro, el dueño del bar, le habla Clara, que es en ese momento su joven amante, y es la protagonista del cuento, y que en el presente de la historia es madre de un bebé. Pedro termina el diálogo diciendo:

“–[…] La vida no es tan larga, chiquita.

Y levantó la vista a lo alto de la ventana, arrastró el papel de diario con limpiavidrios por encima de él y dejó un arco sobre su cabeza: el camino tornasolado de restos de cif, las marcas, los puntos, los pedazos de papel. Un cielo de pedacitos”.

Este libro nos deja la manera en que mira esta mujer. Mira a un hombre que limpia los vidrios, pero que en vez de limpiarlos los está ensuciando, dejando un cristal que debería ser impoluto lleno de sucios materiales de limpieza, y a través del vidrio y de esa suciedad esa mujer mira el cielo, mira el cif y mira los rastros del diario mojado: mira más allá del vidrio y también un poco más acá del vidrio para crear con eso algo que es y no es de este mundo: “un cielo de pedacitos”.

 

Una chica se va de viaje

Los mejores días de Magalí Etchebarne es un breviario de melancolía, un manual para soportar los mandatos del indie, una guía para tiempos de cambio.

Por Santiago Llach

No puedo leer fríamente este libro, y ya lo fui leyendo tantas veces, en sus distintas versiones, a lo largo de los años, que es como si hubiera estado junto a él en el útero. Leerlo entre ayer y hoy, completo y como libro en papel, ilustrado en tapa con la cara de Magalí, como un documento del parque de diversiones del indie donde cursamos nuestra adolescencia extendida, me hizo recorrer toda la montaña rusa de emociones, la de un lector íntimo, de un contemporáneo o de un clásico, que encuentra en un libro el paisaje reconocible y extraño de su propia vida.

Fueron años turbados, a ciegas, dice una de las narradoras de sus cuentos. Y yo pienso en todos estos años.

Conocí a Magalí en 2006. Yo recién me había separado de la madre de mis hijos, estaba a la deriva buscando mi destino, ¡tenía solamente 34 años! No lo puedo creer. Juan Morris me dijo que tenía un paquete, un grupo de taller entero, que yo pusiera el horario y ellos venían. Y entraron a mi dos ambientes de Agüero, una tarde de otoño: María, Sol, Franco, Juan, Flor, Ale Seselovsky, Julieta que hoy edita el libro y Marina Magalí, una chica de 21 que había abandonado Marina, su nombre del conurbano, con la fantasía de crecer y abandonar lo propio, eso que a veces da vergüenza, que uno piensa que hay que fingir que no se tiene, que no se es, ese material que ella supo cursar y elaborar en este libro en el que los talleres del ferrocarril de Remedios de Escalada vuelven iluminados para siempre por la linterna mágica de Maga. Maga, Maga, Maga, ¿qué hay en un nombre? Vos, chica perdida en el jardín de las rimas y de las sílabas, de los ruidos de los cuchillos en el cajón de la cocina que parecen esqueletos, lo sabés como nadie.
En el grupo eran todos genios, locos y genios, y yo me preguntaba qué tenía para enseñarles, a qué venían a mi taller. Se dio esa energía grupal repentina que a veces se da entre desconocidos, aunados por el brillo de lo fundacional, de la reinvención, por el sueño dorado de ser artistas y ser mejores en el parque narcisista de la generosidad empática en que consiste esto de leer y escribir. Esa energía se termina un día, pero dura lo suficiente para que uno se renueve, para que empujado por la constancia revele el fuego interior. Aprendí con ellos, con ese grupo loco de los tiempos salvajes de mi taller, quizás, que lo mejor que podía hacer yo era ser un coach, un porrista de la creatividad ajena.
Con Maga nos unió la causalidad y la casualidad, nos acompañamos en el trayecto hacia la adultez de ella y la madurez mía. Vivimos un tiempo a un piso de distancia, la conecté para un trabajo, la vi enamorarse y desenamorarse y enamorarse, la llevé una noche a mi lugar inventado preferido en el mundo, la Platea Alta Río del Gigante de Arroyito, escribimos un libro juntos, y mientras vi nacer en su cabeza y en su corazón todas estas líneas, estas rayas emotivas en las que cuenta e inventa y que hoy nos reunimos a celebrar.
Bueno, Los mejores días.
El otro día alguien puso en tuiter: “Hay dos argumentos en la literatura: 1. Un tipo se va de viaje. 2. Un extraño llega al pueblo.” Los cuentos del libro de Maga: En “Como animales”, una extraña llega a la Capital. En “La nuez de Adán”, una niña se va de viaje. En “Que no pase más”, una chica se va de viaje. Y así: creo que aplica eso del tipo que se va y el extraño que llega. En conjunto, este es el libro de una chica que viaja del conurbano a la ciudad autónoma a ofrecer su corazón, una caperucita que se pierde en la vida y el lenguaje. Lo que no aplica es lo del “tipo”; me temo que la época en que la literatura estuvo dominada por señores blancos más o menos heterosexuales ya pasó de moda. El presente y el futuro, me parece, será bastante más de las mujeres.
Este es un libro, como se dice ahora, de género, sobre el género, sobre los géneros. Un libro sobre mamá/papá, sobre varón/mujer, sobre el abismo de la reproducción, la financiación, sobre hacer las cosas bien y hacer las cosas mal y hacerlas finalmente como se pueda.
Magalí escribe prosa como si escribiera en verso, con esa libertad y esa música y esa mística; no es una persona que necesite reafirmar su pasaje a la adultez subrayando teorías, afirmando con exageración que el mundo está cambiando. Más bien al contrario, lee en lo contemporáneo los arquetipos perdurables, no se deja engañar por la manada de lo obvio, sospecha y escucha y se deja encantar por el latido del corazón de las tinieblas.

Maga armá acá el primer capítulo de una fórmula ponderable, que te deja escuálido: pone a jugar a nuestras queridas narradoras norteamericanas (con Alice Munro y Lorrie Moore a la cabeza) en el playground de Remedios de Escalada, en la geografía reconocible del murmullo bonaerense, de la pena capital de esta capital desbordante, y se inventa así, con tradición y novedad, su estilo personal, de mujer de verdad del Río de la Plata que capta las canciones del mundo. Escuchen esto:

“Enseguida las casas echan raíces en mi mente. Antes era más libre. Aprendía algo y si quería lo desechaba. En la casa en la que me crié también estaba rodeada de rutinas y coreografías ajustadas, pero las dirigían los otros.
Desde que dejé de ser una adolescente, tengo la cabeza cercada por pensamientos de control que dependen exclusivamente de mí, y manejo por autopistas internas en las que no puedo ni frenar ni desviarme.
Esta mañana el programa es el viento y no me deja escribir sin que se me vuelen las hojas. Es un cuaderno de ideas, un cuaderno que es mi descarga. La primera línea la robé.”

Hay dos tipos de autores, dos tipos de textos literarios: los fluidos y los arduos. Yo agradezco, siempre, la fluidez; gracias a Dios la literatura es una religión politeísta y a cada uno de nosotros pueden gustarnos libros de ambas categorías. Pero si me fijo cuáles son los autores que me digo que más me gustan (Borges, Shakespeare, Joyce, Salinger, Lorrie Moore), los que quedan rebotando en la cabeza, aquellos a los que un poco entiendo y un poco no, veo que son todos autores arduos. Será porque soy masoquista; necesito la falta, el esfuerzo y el castigo para llegar a la poesía, a la serenidad. Lo que escribe Maga se anota ahí, entre los arduos. En ese sentido es que sus cuentos son poemas, canciones: se pueden leer y releer y releer una y otra vez y nos siguen dando sentidos. Este librito finito está lleno de trampas, de claves, de densidad lírica que se queda en tu cabeza.

Los mejores días está repleto de mujeres misteriosas que emiten grandes verdades oscuras.

Leer a Maga es duro y es arduo.

Una chica que espera que todo salga mal; esa es su forma del conjuro y también de esta preciosa conjura que son sus cuentos.

Leer este libro es una experiencia, te excita y te calma y te hace ver las estrellas y te deja desahuciado.

¿De qué nos habla Magalí? De todos estos años, de los amores contrariados y del dolor de crecer en la lava de la Argentina de la grieta, de cómo en estas coordenadas que damos por supuestas brillan y nos opacan el misterio de la vida, los arquetipos de la existencia

Los mejores días es un breviario de melancolía, un manual para soportar los mandatos del indie, un documento de humanidad en tiempos de transformación. Es una máquina sensible de producir reflexiones y sentencias. Es un libro sobre la crudeza inflamable del amor, y Magalí se alimenta de esta fe profunda: hacer destellar las palabras es encontrar un sentido para lo que no lo tiene. Maga tiene amor por el lenguaje, pero sabe que como cualquier otro amor este tiene un poco también de ficción. Ama su música misteriosa y su capacidad para transformarnos, y por eso arma y recita oraciones laicas, mantras de lirismo y enfermedad. Es un libro de maduración organizado cronológicamente al revés. El primer cuento es el último y es el cuento del despojo, formal y real. Es un libro sobre la palpitación que da descubrir la vida adulta, un libro sobre amores imposibles, una narración sobre cómo encontrar palabras propias para nombrar el mundo, como si describir mejor las cosas nos permitiera sobrevivir; un libro de elegías llenas de melancolía y rencor y una bomba en el corazón de la cursilería.

Maga le da a su biografía entidad arquetípica y la convierte en metáfora de todo lo que somos.

La vida es un cuento repleto de sonido y de furia contado por ese idiota que todos llevamos adentro, y la narradora malvada y angelical, guaranga y epifánica, elevada y banal de Los mejores días se embarca a contar lo que sabe con la música disonante y temerosa de la empatía y con la fuerza abismal de los adjetivos.

Los mejores días es un blietzkrieg de objetos epifánicos que conforman una mirada dolorida sobre la ensalada del mundo, una metralla de imágenes y abducciones sentimentales. Narra una juventud intensa y melancólica, que se sabe hermosa porque se sabe finita. Con esta frase bella y escéptica resume su aprendizaje: “Soy joven y mientras se es joven se acepta, se prueba, hasta que uno se quiebra y empieza a decir no. La juventud fue un tatuaje hermoso, nuestro hit.”

De la mano de Maga, Shakespeare se instala en Remedios de Escalada y los amores que nos trae Los mejores días tienen la incandescencia escandalosa del incesto y la tragedia turbulenta de los triángulos; el incesto, el amor entre primos, entre prohibidos, entre deficientes, es una energía shakespereana, narrativa, mítica, brutal que mueve al niño secreto envuelto en estos cuentos.

Magalí resplandece en el uso de un tiempo problemático, el melancólico pretérito imperfecto: lleva unos cordones fosforescentes, una moda de dos décadas atrás, con la elegancia lunar de una princesa inglesa de pasado combativo.

“Fue un verano fluorescente. Una luz y unos colores saturados que llevábamos en las mallas, en las zapatillas y que ahora veo deslizados en las conversaciones y en los tonos de voz en la memoria. Era enero, era 1994 y yo tenía diez años.”

Magalí se propone una tarea que sabe imposible, recobrar el tiempo perdido y, con él, el sentido que tenían las cosas antes de perder la inocencia. Dos hermanas repiten como oráculos predicciones negras: ah, literatura.

Como esos motoqueros evangelistas que se llevan a su hermana, Los mejores días ofrece una galería de personajes atónitos, ateridos, a los que la narradora abandona para siempre en medio de una tarea desafiante y terca en la que están envueltos.
Los vemos por un segundo en escenas incompletas e inolvidables, como ese que en el medio de la sierra intenta arrancar treinta y siete veces su moto, y produce así la banda de sonido de todos los personajes atribulados que esa vagan por el valle.

Lo de Maga es poesía existencial en medio de una calle de tierra, monólogos brillantes del Alzheimer, gestos que resumen la maravilla de lo humano, dichos de manera torcida, gente que se tira por una cascada convertida en objetos que “aplaudían contra el espejo de agua”, lucecitas de cigarrillos encendidos que se mueven en la oscuridad dibujando cosas.

Uno de los personajes da esta definición de su literatura:

“Es una historia que sé porque la cuentan en mi familia, pero hay otras que exagero. Casi nunca invento, pero no puedo decir que no agrego mis cositas.”

El erotismo, crudo y desconsolado, casi actoral, es místico, es una forma de conocimiento:
“Que si me entrego, me entrego, me entrego, los sueños que tenga acá no me los voy a olvidar más porque me van a revelar algo.”

El enamoramiento profundo, el acceso íntimo a la debilidad, a la locura del otro es contado en escenas hermosas:

“Un día, lo escuché decir una especie de rezo. Estaba en la parrilla, rascando la grasa con un papel de diario. No era hablar solo, tampoco un tarareo. Pero me llenó de pudor. Era como un tic, algo muy propio y descontrolado que se le estaba escapando.”

En varios cuentos aparecen ex novios convertidos en predicadores laicos de una sabiduría hecha de barrio y budismo:

“Me mandó otro mensaje en el que me decía que estaba contra las cuerdas, que si salía de esto se aproximaba a la inmortalidad. Le pregunté qué cuerdas y me dijo las del ring, estoy en una batalla económica, afectiva, existencial y psíquica. Yo le respondí pájaro por pájaro, Ramón, no se puede todo a la vez; vas a ver que si ordenás la psiquis todo lo demás se enfila. Me respondió: “Eso entra en la linealidad de un mensaje, pero no te preocupes que voy voy.” “¿Adónde vas?” “Que voy en general”.”

Los hombres en Los mejores días son animales, bestiales y malheridos, subyugantes y fláccidos, aventureros abandónicos del más allá.
Un hombre, dice alguien, es un animal pequeño que se ve inmenso.

Las mujeres, cito, “somos esos hombres en la pista de aterrizaje, haciendo señales, juegos con las manos para que baje a tierra, para que lleguen bien, para que sepan hasta dónde. Una función muy útil y medio suicida.”

Los finales de los ocho cuentos son cáusticos: quirúrgica y fatal, la narradora abandona a sus personajes en el medio preciso del río, mientras lo cruzan en balsa; sabemos que no vamos a verlos nunca más, y nos invade todo el desgarro del mundo: como en la vida misma. Esos finales abandonan a sus personajes en estado de vibración.

Cuando en “Cosita preciosa” cuenta dos historias a la vez (la enfermedad de la madre y la relación tortuosa con el ex) lo que hace Maga es radiar la ensalada de la vida.
En “Buena madre” y “Jinete inexperto”, aparece la maternidad como inquietud, como maldición y como equívoco, como hecho místico y desgarrador.

Los mejores días cuenta esa gira mágica y misteriosa que es la vida, el estrés del aprendizaje y la competencia, y se detiene justo antes de la maduración, de ese día en que uno, ya cansado, encuentra su lugar.

El libro termina con “Capitán”, una elegía extraña, casi fantástica, situada en el humus acuático y asiático del Delta, a la convivencia de pareja:

“Capitán a veces se apodera de mis palabras y las usa de una forma que me obliga a extrañarlas; me gustaría que me las devuelva, nunca habérselas dado.
Estoy envejeciendo como un árbol y entiendo esto: él se va de mí y yo me voy de él, habitamos una misma casa en universos opuestos.”

Maga sabe y no sabe a dónde van sus cuentos, sus personajes, sus sentimientos; es una ciega que nos guía vacilante hacia la luz

Los mejores días es un libro dedicado a la ristra de hombres candentes e inconclusos de su vida, proveedores fallidos, pero está absorbido por la fidelidad amorosa y abismal a la madre.

Esta chica de los talleres, que vino de Kansas, de Escalada, a ofrecer su corazón, la Maga de Oz, con la hoz cortante y dorada de sus palabras, armó con paciencia sónica y sabiduría inventada este libro genial.

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16/06/17: Así fue la presentación de CAT POWER. LA TOMA DE LA TIERRA, de Cecilia Palmeiro

Fue en la galería Nora Fisch en el marco de la muestra de Cecilia Palmeiro y Fernanda Laguna, Mareada en la marea. La autora leyó unos fragmentos y bailamos en la calle.

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02/12/16: Así fue la presentación de Las Naves 6 en el MACBA

Hicimos una videoconferencia con Lisandro Alonso que estaba en Marruecos y al finalizar tocaron Los cerros.

 

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22/11/16: Así fue la presentación de Las Naves 6 en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

En el marco del festival, los editores Cecilia Barrionuevo Edgardo Dieleke y Julieta Mortati dialogaron con Piérre Léon y Matías Piñeiro sobre los viajes.

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Acá pueden escuchar la charla completa.

 

07/12/2016: Así fue la presentación de ESCRITORES NORTEAMERICANOS, de Ricardo Piglia

La presentación se hizo en la sede de Buenos Aires de la Universidad de Nueva York junto a Luisa Fernández Apan y Luis Chitarroni y los editores Edgardo Dieleke y Julieta Mortati.

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Martín Wilson escribe sobre Mamá India

Le decía a Soledad en un mail esta mañana el tiempo (…) cuanta agua pasó por debajo del puente (…) y ayer terminé tu libro en tiempo real. Anoche.
Gracias. Lo leí en un tiempo justo y necesario.
Le dije que lo había leído en el tiempo justo y tan acertado porque estos últimos meses me encontraban en una relación con un chica a la cuál sentía que perdía, con los ojos secos sin brillo, se me esfumaba a otro lado al cuál me resultaba imposible llegar.

En las páginas donde nos habla Soledad visualizo una mochila y cajas selladas sobre una cama de una habitación en su lugar de origen, su lugar de pertenencia,en donde empezó todo, las dudas, los libros que hacen mal, los novios que no, los padres que sí o que no, los juzgamientos silencioso. La crisis existencial! Nuestro tractorazo emocional. Y en esas cajas y en esa mochila está todo lo que trajo. Uno no viaja a la India porque anda campante, uno va a la India en busca de algo. Algo duele.

Soledad hacer turismo espiritual y no lo maquilla. Va de frente. Y nosotros lo agradecemos porque no juega ni miente. No es sólo un truco parece querer decirnos.

A mí, una chica recientemente me dijo que era vegeta y la primera vez que nos conocimos nos clavamos dos pescados en extinción. Me dijo en un mail que no tomaba alcohol y la vi mirar la botella de vino rosadito buscando un culito hablándome de la armonía con los ojos desencajados. Yo sabía que esto olía a espíritu adolescente.

Mi Soledad que se llama Pierina vive en otro planeta cósmico, inalcanzable parecido al otro mundo de Strange Things pero imagino según ella hay colores y unicornios o caballos alados , cielos estrellados y bosques frondosos para correr desnudos y comer frutos y semillas y oler flores.

Una noche de desesperación le escribí -Que si alguna vez cortás lazo con todo, desapegás y eso que yo voy a estar del otro lado, por si querés volver te voy a tirar una soga o darte la mano para que caminemos. Ya sé que lo sabés pero -No estás sola en esto.
Es un mundo muy extraño.

Y ella me dijo cosas así –No quiero despertar , ¿para qué? yo prefiero mi mundo de sueños y mis pesadillas a la realidad.
Ella vive en un mundo de indecisiones al cual no tengo acceso. No soy su cerrajero.

Entre las flores, un tazón de vino
bebo solo, ningún amigo está cerca.
Levanto mi copa, invito a la luna
y a mi sombra, y ahora somos tres.
Li Bai
Otra cosa que me dijo fue -Una observación sana y preventiva… Sos muy romántico e idealista pero tenés que saber que soy una persona con opiniones a veces muy extremas y radicales sobre el mundo… soy vegetariana, no tomo alcohol, detesto los boliches , no me gusta el ruido ni las multitudes , ni las personas adictas a los planes sociales o planes así lisos y llanos.

Y lo último que queria aclararte es me estoy viendo con alguien desde que me separé en diciembre del año pasado…

He dicho:

* La primera tarde que salimos terminamos comiendo pescado, dos especies en vías de extinción y una botella de vino rosado. Le vi los ojos desencajados cuando me habló del vacío y lo trascendental.

* Fabián Casas cuenta en una columna que “uno no entra al zen porque la está pasando bárbaro, se entra porque se está desesperado.”

Al final la selva te rechaza, la naturaleza te expulsa porque somos lo devastador y los bichos saben, las ramas saben, las plantan saben lo que hicimos el veranos pasado.

Pero mi mente no había leído eso. Yo lo ignoré.

Si decís la verdad eso se convierte en algo del pasado y decís una mentira esa se convierte en tu futuro.

Mamá mía va a los esencial, un viaje donde sin darse cuenta vuelve descalza y no se da cuenta.
Mamá India es la Montaña Mágica de una chica joven y todo lo que la rodea. Todo tiene una consecuencia silenciosa que casi ni sospechamos.
Y ese es su regalo a sus descendientes: la libertad de tomarse el palo, de irse a otro mundo y conocer otra gente, elegir sus dioses, abrazar, probar un opio distinto o simplemente un lugar distinto en su cabeza; la posibilidad de volver de nuevo a su casa, a la comodidad o incomodidad de su casa y seguir haciendo lo que estaba haciendo en primer lugar. La libertad de intentar hacer algo que para muchos es un clishé; la posibilidad de hacer cualquier cosa, de empezar de cero. No hay nada más Urquia que eso.
Como dice Damián Tullio la protagonista, aunque deambula y explora, nunca se pierde porque tiene su montaña de referencia.

Y un libro de viaje o un tour guide, un Lonely Planet en nuestro planeta solitario debería parecerse a algo así porque todos nos sentimos solos y leyendo cosas así la soledad nos amiga con nuestros miedos.
La visita de la madre, me conmueve. Me recuerda a mi viejo cuando vino a verme a Madrid y si bien me dijo -rajá de acá- creo que sintió un linda envidia de mi llama, mi fuego y mi exploración.
Soledad se convierte en arqueóloga de su alma. Nos hace entender que los sabios que buscamos somos nosotros, habitan en esos ruidos que sentimos en nuestro corazón. Porque los sabios también se equivocan.
Es maravillosa su simplicidad. Hay generosidad en eso.

La única certeza fue lo incoherente e inexplicable y esa certeza no nos consolaba ni nos llevaba hacia ningún lugar en común.

Al final de su libro Soledad nos dice de alguna manera que los viajes son un modo de aprendizaje, nos sacan de nuestras raíces y eso duele, nos movilizan todo el tiempo, y a la vez nos enriquecen y suman un montón en una búsqueda espiritual pero al final de todo, lo que nos queda somos nosotros mismos, nuestros orígenes, nuestra tierra, la sangre, el carrousel de la mente y todo eso que nos pasa adentro.

La otra tarde, esta mañana, manejaba cuando llovía sobre una avenida gris llena de pozos y cráteres llenos de agua. Un viejo esperaba su colectivo supongo, en la parada. Bajé la marcha, fui despacio para no salipicarlo. Vi el terror en sus ojos y después la calma traumática post guerra, no sé si es algo que uno hace siempre. Digo ser conciente del otro y pensé en Pierina y en Soledad Urquia, si ellas son de las que aminoran la marcha bajan un cambio los días de lluvía cuando pasan un charco para no empapar al resto, si son concientes de otras presencias, y de cuando hay alguien al lado. Soledad sí. Soledad es muy conciente de todo. Soledad Urquia despertó y habla de sus sueños que adoramos y escuchamos con los pies en la tierra.

14/8/16: PRESENTACIÓN DE MAMÁ INDIA, de Soledad Urquia

GRACIAS A TODOS LOS QUE VINIERON!

Y por compartir la salidad del libro número 13 de la editorial.

El domingo nos juntamos a las cinco de la tarde en La Gradisca y Fiorella Corona realizó un tributo a la divinidad Ganesha para el buen auspicio de los artistas ofrendándole pétalos blancos a la autora. Luego, Cecilia Fanti y Damián Tullio leyeron sus interpretaciones sobre Mamá India, y al finalizar, Soledad Urquia nos deleitó un fragmento.

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Mamá India por Damián Tullio

Sé que Soledad estuvo trabajando años con esta historia. De alguna manera, para quienes la conocemos, es una historia que la define, que lleva con ella como un rasgo que la diferencia. Así y todo, sólo me consta que Soledad viajó en algún momento de su vida a la India pero, excepto alguna anécdota aislada, casi nunca la escuché hablar largo y tendido del tema. Disculpen el jueguito de palabras, pero creo que es así: no es que ella se fue de viaje, el viaje se volvió con ella.

Mamá India muestra un lugar exótico con una prosa que lo acerca. Hay una montaña en el libro, una montaña sagrada que es el punto de referencia donde la historia está anclada pero también desde donde se traza una línea imaginaria con casa, con el lugar de origen. La protagonista, aunque deambula y explora, nunca se pierde porque tiene su montaña de referencia. Como me pasa con todos los libros buenos que leí, en Mamá India me apropié de esa montaña. En mi lectura del libro, esa montaña se dibujó como los cerros de Alta Gracia a los que iba de vacaciones cuando era chico y a ustedes, estoy seguro, les pasará con las montañas de su vida. Esta escritora inteligente que le pone a su protagonista un punto de referencia también sabe que los mejores libros de viaje no son una guía turística pormenorizada. Ni, para el caso, una forma extravagante de sentar a tu familia a mirar dos horas en un proyector las fotos de tu último viaje. Los libros de viaje que valen la pena son aquellos que son capaces de hacer de lo más lejano e impensable una cosa de todos los días. Escribir una historia de viaje, de alguna manera, es despejar todas las mediaciones y mostrar un lugar rotundamente “nuevo” como si lo hubiéramos recorrido toda la vida.      

No tengo hijos, pero presumo que si alguna vez los tengo y uno de ellos intenta el viaje que hace la protagonista de Mamá India, me volvería loco. La protagonista es ferozmente consciente de la distorsión que su viaje le trae a su círculo íntimo y sin embargo no lo lleva como un peso producto de la traición ni como la jactancia rebelde de una chica contestaria. Es algo que está ahí, que va con ella, es un nudo que va desatando con paciencia a medida que se explora a sí misma y a ese lugar. Mamá India no sólo es una refutación de esa expectativa de que del viaje a Oriente se vuelve con una sabiduría metafísica superior o completamente desquiciado, sino que también pone en cuestión esas convicciones personales que arrastramos como certezas indiscutibles. El viaje del libro también es un viaje profundo al entramado de nuestro convencimientos. En su recorrido, la protagonista no sólo descubre que la India no era ese modelo ideal que tenía en la cabeza (y va un spoiler: nunca lo es) sino que también se da cuenta de que sus propias expectativas y reacciones no son lo que ella había esperado. Pero tiene suerte: cuando su madre la visita, no se encuentra con un operativo comando para sacarla de ahí, sino a una mujer que sinceramente va a ver qué está haciendo su hija, quizá guardándose para sí sus opiniones, quizás abierta a descubrir que eso es lo mejor para todos. Si la literatura tiene alguna cosa didáctica que ofrecerle al porvenir, que sea este modelo de madre inteligente del siglo XXI que despliega Mamá India.

En el libro sobrevuelan una cantidad de sabios que no saben. Maestros insinuados pero ausentes, lejanos. En Mamá India hay menos sabiduría en el derrotero espiritual que en la reflexión quizá algo más rudimentaria y más perecedera de la experiencia. No es tan contundente la ajenidad que genera ese mundo diferente, el espacio desconocido, como el que le genera a la protagonista descubrir que hizo ese viaje no para unirse con Oriente sino para parir esa historia, para parirse como escritora.

A riesgo de sonar repetitivo, no puedo más que coincidir con lo que dice Gabriela Massuh en la contratapa: a Soledad le pasó como a su protagonista. Fue a la India a encontrarse con su libro.   

Mamá India por Cecilia Fanti

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A Soledad la conocí en el taller de escritura en el que empezó a escribir los textos que hoy componen el volumen Mamá India. Fue por el año 2011 y mi primer recuerdo de ella era el de una chica silenciosa, cruzada de piernas, que siempre llegaba temprano y hablaba lo mínimo indispensable. Hubo un momento, bien al principio, en el que me sentí como los occidentales ruidosos y curiosos que habitan algunas de las páginas de su libro. Yo no sabía de dónde venía Soledad, quién era, qué hacía. Sabía, eso sí, que si estaba ahí era porque algo le estaba pasando. Porque, ­–y esto es importante–: nadie va a un taller literario porque sí. Con los años uno aprende a detectar crisis, conflictos, deseos y cruces.

Descular el misterio que rodeaba a Soledad fue uno de mis mayores desafíos. Soledad hablaba poco y nada, respondía con monosílabos y sonreía frente a algunas ocurrencias o chistes. Sin embargo, insistí en hablarle. No recuerdo si en algún momento ella empezó a hablar más o si simplemente me acostumbré a su ritmo pausado, su voz baja y su calma tan poco pretenciosa como genuina. Con el tiempo, en fin, nos hicimos amigas.

Volver a leer estos textos después de cinco años fue, de alguna manera, volver a ese momento de producción. A ese lugar desde el cual Soledad hablaba, se daba a conocer, respondía a las preguntas que nos hacíamos en silencio sobre ella. Es difícil, desde la experiencia, pensar en Mamá India como un relato de viajes. Sé que lo es; pero también representa un origen: Sole viene de ahí y no al revés. Después, en el regreso, en el presente, en ese “todavía hoy” que encontramos en el texto, India viene con ella.

Desde el primer capítulo de los dieciocho que lo componen, la narradora está en India. De lo que pasó antes nos vamos enterando a cuentagotas, en los capítulos que vienen después y en pequeños detalles. La oración de la infancia al ángel de la guarda en una estampita que le piden que traduzca, por ejemplo, o esas cartas que se van intercalando y que nos colocan frente a un interlocutor en otra parte del mundo, a quien intuimos tan culpable como necesario para que esa narradora entable su propia lucha entre dos mundos separados “por dos océanos”. Incluso para que luche con ella misma. “Ella es de acá” dice uno de sus amigos en el pueblo, y el deíctico, que aparece reiteradas veces y señala lo cercano, lo disponible, lo incierto e imperdurable, (pero también lo que se afirma) siempre señala al pueblo y a la montaña. Ese accidente geográfico que hipnotiza y la hace sentir segura, en casa. Y acá también es importante la distinción. La montaña la hace sentir en casa, no como en casa. Los “como”, “como si” o “algo como” aparecen mucho en el libro, porque la narradora nos traduce India, nos señala lo desconocido y nos lo relaciona con algo conocido para acercarlo sin pretensiones de pedagogía, sino también como parte de una experiencia donde también empezamos a reconocer sinónimos. Por ejemplo, volver es sinónimo de desesperar; Elías, el bello y excéntrico, es sinónimo de refugio y, de alguna manera, Siva, otro de los protagonistas, es lo que en Argentina llamaríamos “un chantapufi buena onda”.

Hay varios elementos que establecen el leitmotiv del libro y que no se enraízan tanto en la búsqueda como en el cruce de certezas e incertidumbres, y que nos terminan anclando en el equilibro.

Y en India, el universo provee”, dice la protagonista con una certeza que, por un momento, nos hace abandonar el tono más etéreo que repite “como si” y conectar lo conocido y lo desconocido para nosotros. Para presentarnos India, la suya, la que vivió con ella y que después se trajo. Y entonces siempre vemos a la protagonista bien provista: en el círculo de amigos y compañeros que la rodean y que, en su variedad, la equilibran; en las dosis estrictas de iluminación, meditación, tristeza y distracción; en la libertad y la resignación; en la decisión de aprender y también en la obligación de lo mismo; en la certeza de que frente a la pregunta “¿no podemos ser normales por cinco minutos?” la respuesta es no; en la sorpresa que desbarata todos los prejuicios cuando una mamá, tan fuerte e imponente como la India y a la vez tan opuesta, viaja para sentirse, como su hija, en casa. Esa mamá que conocemos antes del capítulo que nos la presenta con tacos primero y chatitas después, porque en presencia de una santa, después de las flores, los sahumerios, los cánticos y el abrazo, la narradora Soledad –que nunca enuncia su nombre sino a través de los demás y en un juego similar a las adivinanzas­– nos dice “me vino bastante bien. En esos días extrañaba un poco a mi mamá”. Una vez más, lo conocido y lo desconocido. Lo mundano y lo espiritual. Un cruce que nos hipnotiza como la montaña y nos hace recorrer todo el libro de un tirón, como si camináramos descalzos a la par de la protagonista por ese pueblo polvoriento, caluroso e inevitable.

Para finalizar, y porque la literatura siempre nos devuelve a sus temas atemporales como los viajes y el amor (o su contracara), me preguntaba para qué se viaja. Creo que en Mamá India se viaja para perdonar y para recuperar, ahora sí, la certeza de que es posible seguir. Para hacer carne “Ahimsa”, el concepto de “no dañar” que primero encuentra a la protagonista enfrentándose a la duda sobre si matar o no mosquitos en el asfixiante verano indio y que, finalmente, la hace guardar silencio cuando, ya de regreso, él –el destinatario de todos las cartas nunca enviadas– le pregunta “¿aprendiste muchas cosas allá?”.

Todo ese aprendizaje es hoy un libro, Mamá India.