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14/8/16: PRESENTACIÓN DE MAMÁ INDIA, de Soledad Urquia

GRACIAS A TODOS LOS QUE VINIERON!

Y por compartir la salidad del libro número 13 de la editorial.

El domingo nos juntamos a las cinco de la tarde en La Gradisca y Fiorella Corona realizó un tributo a la divinidad Ganesha para el buen auspicio de los artistas ofrendándole pétalos blancos a la autora. Luego, Cecilia Fanti y Damián Tullio leyeron sus interpretaciones sobre Mamá India, y al finalizar, Soledad Urquia nos deleitó un fragmento.

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Mamá India por Damián Tullio

Sé que Soledad estuvo trabajando años con esta historia. De alguna manera, para quienes la conocemos, es una historia que la define, que lleva con ella como un rasgo que la diferencia. Así y todo, sólo me consta que Soledad viajó en algún momento de su vida a la India pero, excepto alguna anécdota aislada, casi nunca la escuché hablar largo y tendido del tema. Disculpen el jueguito de palabras, pero creo que es así: no es que ella se fue de viaje, el viaje se volvió con ella.

Mamá India muestra un lugar exótico con una prosa que lo acerca. Hay una montaña en el libro, una montaña sagrada que es el punto de referencia donde la historia está anclada pero también desde donde se traza una línea imaginaria con casa, con el lugar de origen. La protagonista, aunque deambula y explora, nunca se pierde porque tiene su montaña de referencia. Como me pasa con todos los libros buenos que leí, en Mamá India me apropié de esa montaña. En mi lectura del libro, esa montaña se dibujó como los cerros de Alta Gracia a los que iba de vacaciones cuando era chico y a ustedes, estoy seguro, les pasará con las montañas de su vida. Esta escritora inteligente que le pone a su protagonista un punto de referencia también sabe que los mejores libros de viaje no son una guía turística pormenorizada. Ni, para el caso, una forma extravagante de sentar a tu familia a mirar dos horas en un proyector las fotos de tu último viaje. Los libros de viaje que valen la pena son aquellos que son capaces de hacer de lo más lejano e impensable una cosa de todos los días. Escribir una historia de viaje, de alguna manera, es despejar todas las mediaciones y mostrar un lugar rotundamente “nuevo” como si lo hubiéramos recorrido toda la vida.      

No tengo hijos, pero presumo que si alguna vez los tengo y uno de ellos intenta el viaje que hace la protagonista de Mamá India, me volvería loco. La protagonista es ferozmente consciente de la distorsión que su viaje le trae a su círculo íntimo y sin embargo no lo lleva como un peso producto de la traición ni como la jactancia rebelde de una chica contestaria. Es algo que está ahí, que va con ella, es un nudo que va desatando con paciencia a medida que se explora a sí misma y a ese lugar. Mamá India no sólo es una refutación de esa expectativa de que del viaje a Oriente se vuelve con una sabiduría metafísica superior o completamente desquiciado, sino que también pone en cuestión esas convicciones personales que arrastramos como certezas indiscutibles. El viaje del libro también es un viaje profundo al entramado de nuestro convencimientos. En su recorrido, la protagonista no sólo descubre que la India no era ese modelo ideal que tenía en la cabeza (y va un spoiler: nunca lo es) sino que también se da cuenta de que sus propias expectativas y reacciones no son lo que ella había esperado. Pero tiene suerte: cuando su madre la visita, no se encuentra con un operativo comando para sacarla de ahí, sino a una mujer que sinceramente va a ver qué está haciendo su hija, quizá guardándose para sí sus opiniones, quizás abierta a descubrir que eso es lo mejor para todos. Si la literatura tiene alguna cosa didáctica que ofrecerle al porvenir, que sea este modelo de madre inteligente del siglo XXI que despliega Mamá India.

En el libro sobrevuelan una cantidad de sabios que no saben. Maestros insinuados pero ausentes, lejanos. En Mamá India hay menos sabiduría en el derrotero espiritual que en la reflexión quizá algo más rudimentaria y más perecedera de la experiencia. No es tan contundente la ajenidad que genera ese mundo diferente, el espacio desconocido, como el que le genera a la protagonista descubrir que hizo ese viaje no para unirse con Oriente sino para parir esa historia, para parirse como escritora.

A riesgo de sonar repetitivo, no puedo más que coincidir con lo que dice Gabriela Massuh en la contratapa: a Soledad le pasó como a su protagonista. Fue a la India a encontrarse con su libro.   

Mamá India por Cecilia Fanti

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A Soledad la conocí en el taller de escritura en el que empezó a escribir los textos que hoy componen el volumen Mamá India. Fue por el año 2011 y mi primer recuerdo de ella era el de una chica silenciosa, cruzada de piernas, que siempre llegaba temprano y hablaba lo mínimo indispensable. Hubo un momento, bien al principio, en el que me sentí como los occidentales ruidosos y curiosos que habitan algunas de las páginas de su libro. Yo no sabía de dónde venía Soledad, quién era, qué hacía. Sabía, eso sí, que si estaba ahí era porque algo le estaba pasando. Porque, ­–y esto es importante–: nadie va a un taller literario porque sí. Con los años uno aprende a detectar crisis, conflictos, deseos y cruces.

Descular el misterio que rodeaba a Soledad fue uno de mis mayores desafíos. Soledad hablaba poco y nada, respondía con monosílabos y sonreía frente a algunas ocurrencias o chistes. Sin embargo, insistí en hablarle. No recuerdo si en algún momento ella empezó a hablar más o si simplemente me acostumbré a su ritmo pausado, su voz baja y su calma tan poco pretenciosa como genuina. Con el tiempo, en fin, nos hicimos amigas.

Volver a leer estos textos después de cinco años fue, de alguna manera, volver a ese momento de producción. A ese lugar desde el cual Soledad hablaba, se daba a conocer, respondía a las preguntas que nos hacíamos en silencio sobre ella. Es difícil, desde la experiencia, pensar en Mamá India como un relato de viajes. Sé que lo es; pero también representa un origen: Sole viene de ahí y no al revés. Después, en el regreso, en el presente, en ese “todavía hoy” que encontramos en el texto, India viene con ella.

Desde el primer capítulo de los dieciocho que lo componen, la narradora está en India. De lo que pasó antes nos vamos enterando a cuentagotas, en los capítulos que vienen después y en pequeños detalles. La oración de la infancia al ángel de la guarda en una estampita que le piden que traduzca, por ejemplo, o esas cartas que se van intercalando y que nos colocan frente a un interlocutor en otra parte del mundo, a quien intuimos tan culpable como necesario para que esa narradora entable su propia lucha entre dos mundos separados “por dos océanos”. Incluso para que luche con ella misma. “Ella es de acá” dice uno de sus amigos en el pueblo, y el deíctico, que aparece reiteradas veces y señala lo cercano, lo disponible, lo incierto e imperdurable, (pero también lo que se afirma) siempre señala al pueblo y a la montaña. Ese accidente geográfico que hipnotiza y la hace sentir segura, en casa. Y acá también es importante la distinción. La montaña la hace sentir en casa, no como en casa. Los “como”, “como si” o “algo como” aparecen mucho en el libro, porque la narradora nos traduce India, nos señala lo desconocido y nos lo relaciona con algo conocido para acercarlo sin pretensiones de pedagogía, sino también como parte de una experiencia donde también empezamos a reconocer sinónimos. Por ejemplo, volver es sinónimo de desesperar; Elías, el bello y excéntrico, es sinónimo de refugio y, de alguna manera, Siva, otro de los protagonistas, es lo que en Argentina llamaríamos “un chantapufi buena onda”.

Hay varios elementos que establecen el leitmotiv del libro y que no se enraízan tanto en la búsqueda como en el cruce de certezas e incertidumbres, y que nos terminan anclando en el equilibro.

Y en India, el universo provee”, dice la protagonista con una certeza que, por un momento, nos hace abandonar el tono más etéreo que repite “como si” y conectar lo conocido y lo desconocido para nosotros. Para presentarnos India, la suya, la que vivió con ella y que después se trajo. Y entonces siempre vemos a la protagonista bien provista: en el círculo de amigos y compañeros que la rodean y que, en su variedad, la equilibran; en las dosis estrictas de iluminación, meditación, tristeza y distracción; en la libertad y la resignación; en la decisión de aprender y también en la obligación de lo mismo; en la certeza de que frente a la pregunta “¿no podemos ser normales por cinco minutos?” la respuesta es no; en la sorpresa que desbarata todos los prejuicios cuando una mamá, tan fuerte e imponente como la India y a la vez tan opuesta, viaja para sentirse, como su hija, en casa. Esa mamá que conocemos antes del capítulo que nos la presenta con tacos primero y chatitas después, porque en presencia de una santa, después de las flores, los sahumerios, los cánticos y el abrazo, la narradora Soledad –que nunca enuncia su nombre sino a través de los demás y en un juego similar a las adivinanzas­– nos dice “me vino bastante bien. En esos días extrañaba un poco a mi mamá”. Una vez más, lo conocido y lo desconocido. Lo mundano y lo espiritual. Un cruce que nos hipnotiza como la montaña y nos hace recorrer todo el libro de un tirón, como si camináramos descalzos a la par de la protagonista por ese pueblo polvoriento, caluroso e inevitable.

Para finalizar, y porque la literatura siempre nos devuelve a sus temas atemporales como los viajes y el amor (o su contracara), me preguntaba para qué se viaja. Creo que en Mamá India se viaja para perdonar y para recuperar, ahora sí, la certeza de que es posible seguir. Para hacer carne “Ahimsa”, el concepto de “no dañar” que primero encuentra a la protagonista enfrentándose a la duda sobre si matar o no mosquitos en el asfixiante verano indio y que, finalmente, la hace guardar silencio cuando, ya de regreso, él –el destinatario de todos las cartas nunca enviadas– le pregunta “¿aprendiste muchas cosas allá?”.

Todo ese aprendizaje es hoy un libro, Mamá India.

07/07: BRINDIS POR LA REINAGURACIÓN DE LA IMPRENTA

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Debut de Johanna Braña rapeando trap.

Gustavo pasó su increíble música en vinilos.

Soledad Urquia presentó un adelnato de Mamá India.

Mucho amor y macumbas para propiciar los buenos negocios!

TLM!

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Así fue la presentación de Las Naves 5: Métodos / Methods

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El 11 de septiembre de 2015 presentamos LAS NAVES 5: MÉTODOS / METHODS en el MACBA, sus editores, Cecilia Barrionuevo, Edgardo Dieleke y Julieta Mortati. Nos acompañaron los directores de cine Laura Citarella, Ignacio Masllorens y Estanislao Buisel Quintana que mostraron fragmentos de La mujer de los perros y El teorema de Santiago y hablaron sobre el método detrás de sus películas. Gracias a todos los que nos acompañaron!

Fotos: Gentileza MACBA.

Acá pueden acceder al audio de la charla:

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DÓNDE SE CONSIGUEN LAS NOVEDADES

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QUIERO SER ARTISTA de Pablo Ottonello y NO EXACTAMENTE de Alejandro Caravario

ya se pueden conseguir en:

PALERMO

Eterna Cadencia (Honduras 5582)

Crack-Up Libros, Café & Resto Bar (Costa Rica 4767)

Libros Ref (Honduras 4191)

RECOLETA

Librería Norte (Av. Las Heras 2225)

CABALLITO

Santiago Arcos (Puan 467)

CENTRO

Librería Hernández (Av. Corrientes 1436)

SAN TELMO

FEDRO Libros Discos & Arte (Carlos Calvo 578)

La Gradisca (Pasaje Giuffra 339)

LA BOCA

Fundación Proa Librería (Av. Pedro de Mendoza 1929)

LA PLATA

Supermercado Libros de La Plata

Siberia (Calle 51 #503)

http://www.tenemoslasmaquinas.com.ar/ventas

SAN ISIDRO

Boutique del Libro de San Isidro (Chacabuco 459)

25/07/15: ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE NO EXACTAMENTE Y QUIERO SER ARTISTA EN LA MUESTRA DE ISA PEÑA en el CC RECOLETA

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Gracias a Magdalena Diehl por las fotos. En su web Souvenir hay muchas más.

Otto

Por Damián Tullio

Tengo el privilegio extraño de haber participado en la decisión sobre cómo tenía que llamarse Quiero ser artista. Julieta y Otto, hasta que nos preguntaron a los amigos qué pensábamos, tenían consensuado otro título. No quiero repetir ese título ahora porque me temo que dicho en voz alta y resonando fuerte en esta sala, puede sonar mucho mejor que aquel con el que les insistimos hasta volverlos locos a Otto y Julieta. Todas mis decisiones están signadas por el temor a equivocarme. Por suerte, las de mi amigo Pablo Ottonello no.

Conocí a Otto en las reuniones de un taller de escritura creativa que compartimos, aunque supe de él antes. Otto era famoso en ese taller porque llevaba páginas y páginas de texto. Una vez llevó 25 páginas. 25 páginas en un taller donde el resto llevábamos con mucha suerte dos, tres páginas por encuentro y digo con suerte porque la mayoría de las veces los otros o yo mismo poníamos cara de arrepentimiento y confesábamos que esa semana no habíamos escrito nada. Todos mis prejuicios operaban de manera tal que yo tuviera sospechas irresolubles para un tipo como él. Lo que escribía debía ser ilegible o estaba completamente loco, si no las dos. Cuando me incorporé a ese grupo de los lunes a la noche, ese prejuicio tardó poco tiempo en convertirse en admiración y en envidia. Sus textos, ya desde las primeras veces que los escuché leídos en voz alta, se quedaban en mi cabeza como enredaderas indomables. Creo que ahí empezamos a hacernos amigos, me parece inconcebible una amistad sin un poco de admiración y otro poco de envidia.

Mientras lucho por escribir estas líneas, Otto me manda un texto que me prometió dos horas antes: una reseña larga, bien escrita, sesuda, de algo que acabamos de ver juntos. ¿Cómo es posible si hace un rato me dejó con el auto en la esquina de la plaza alférez sobral? Así funciona la cabeza de este tipo: procesa las cosas escribiendo palabras una detrás de la otra. Si escribir es la forma más sofisticada de pensar, Ottonello lo aprovecha: no le antepone ninguna mediación. Su escritura no tiene antesalas, espacios de reflexión previos o devaneos. Va y escribe. Su escritura trae adjunta una pedagogía: si frenás, siempre vas a encontrar buenas razones para no hacer algo.

Quiero ser artista es un libro importante para muchos de nosotros porque hace realidad un anhelo compartido en charlas de madrugada, en taxis medios hechos mierda y bares a deshoras. En mails de madrugada con Words adjuntos que decían «miren lo que trajo hoy». Las novelitas de Ottonello (acá el diminutivo exalta al género), todas esas páginas de texto que leíamos incrédulos frente a la computadora, circulaban entre nosotros como fanzines de una nueva era. Quiero ser artista es la materialización de un ideal compartido en silencio, tácito pero ineluctable. Es un libro perfecto y generoso del que, al terminar de leerlo, uno sale mejorado. Y el título no es, como decían sus detractores en las discusiones por whatsapp, una especie de anhelo sensiblón y demandante. Es todo lo contrario: más que una expresión de deseo, es hacer realidad con palabras. No se lo puede leer como un ruego porque en realidad es una profecía autocumplida.

Hace poco, el hombre que nos reunió en ese living donde conocí a muchos de los amigos que nos acompañan hoy, incluido Otto, me dijo en un mail que la grandeza de los escritores que nos gustan es formal, pero también sentimental, que sin lo emotivo nos quedamos apenas con un ingenio. En Quiero ser un artista además de que hay una fiesta de lo formal, lo emotivo explota como si hubiera pasado por primera vez. Es un nuevo Big Bang, es nuestro Big Bang.

Estoy luchando hace días con este texto. Vengo, miro la pantalla, reniego de una oración que no me parece bien resuelta y para la que no se me ocurre ninguna solución y me voy a hacerme un café. A lo mejor para no escribir, me puse releer cosas que leíamos en esos días en que conocí a Otto, esperanzado en encontrar el tono y la dicción que usábamos en esas reuniones que compartíamos, para seguirlas, para hacer un cover a ver si yo puedo alcanzar la belleza directa que Otto despliega en estos seis cuentos. A veces le pido voluntad de escribir a una entidad inasible, como si fuera un timonel que pide viento en las velas. Yo, que digo en voz alta y jactancioso que lo perfecto es enemigo de lo posible, que siempre insto a los demás a sentar el culo y dejarse de joder, soy de los que pienso mucho y termino haciendo poco. Yo, en realidad, quiero ser Pablo Ottonello.

Agradecimientos

Por Pablo Ottonello

Lista.

“Aprendí que se puede llegar al orgasmo vaginal sin penetración”

Perdón, eso fue pura estrategia narrativa para llamar la atención. Nosotros hacemos eso, es un entrenamiento. Ahora que los tengo, empiezo. Lo inventó Hitchcock: se llama McGuffin (sutilmente diferente).

Notas para hacer agradecimientos:

Agradecer, agradecer.

Contar cómo le entregué novelas como frutas a Julieta sobre Independencia. Rutina de los viernes, dar y recibir.

Simpatía no significa que no hay bisturí.

Cómo corrió Julieta Mortati para estar hoy acá. Gracias, Julieta, por la locura de estos días.

Pagar Metrogas. Quedan cuatro días para tomarnos el avión.

Decir gracias a Sebastián García Uldry, Magalí Etchebarne, Cecilia Fanti, Eva Álvarez por ser lectores solidarios. Gracias Lola y Maraní y Angeles y Rafa Otheguy y Martín Wilson e Hilario González.

Dar de baja Telecentro sin juntar veneno contra el operador.

Cuando tenía 16 años el sexo parecía una utopía. Le pregunté a mi papá por la ubicación de la vagina y me dijo que, a su momento, la iba a encontrar. Que no me preocupara. Explicar que con la publicación pasó exactamente lo mismo: tiene algo de misterio vaginal.

Cuando debuté a los 16 años, obligado por la presión social de hacerme hombre, usé unos boxers a cuadros, negros y azules. La profesional que me atendió rió de mi elección vestimentaria. Esto fue el 6 de junio de 1999. El frío era parecido al de hoy.

Agradecerle a mis suegros, Elizabeth y Edgard, por la familia que soldamos. Agradecerle a Tebbe y a Ángela, mi familia postiza de estos últimos años. Agradecerle, cada cuatro o cinco agradecimientos, a Leticia, que es la arquitecta de todo esto.

Preguntarle al público presente si alguien quiere un gato: es rojo, como el gato con botas. Es agresivo y come una barbaridad. Sería una crueldad dejarlo en la calle y nos vamos el miércoles. Usar el golpe bajo y tratar de quebrar a los sensibles.

Todo el una gran carta al padre.

La carta al padre la escribió el decano: John C. Keller.

Me gané, a los 32 años, el respeto intelectual de mi papá cuando leímos juntos la invitación de la Universidad de Iowa. Todo cambió. Nos juntamos a tomar café y a charlar.

Él me dice: concéntrate en escribir, no te preocupes por la plata. Si lo conocieran a mi papá, sabrían que eso es insólito.

Preguntarle al inquilino nuevo si le mantenemos la línea de Telecom o no. Si no responde, sacarla y listo.

¿Qué hacíamos con la heladera?

¿Alguien querrá un amplificador de guitarra?

Comprarme una Fender Telecaster Vintage, color madera, apenas llegamos a Iowa City. Si no lo hago con el envión del viaje, me va a volver a crecer la cautela y no lo voy a hacer más. La plata viene y va, aunque esta semana parece ser de un cataclismo.

Decir algo sobre ser un poco snob. Aceptarlo como un lunar sexy.

Agradecerle a mi mamá en una línea aparte.

Hemingway versus Borges. Vidas erectas y blanduras.

La noche lateral de los pantanos y la melancolía patriótica. La hombría del bibliotecario y alguna cosa escondida con una mujer.

A mi hermano Pancho.

Yo no fui a la guerra y no me gustan los toros. Se puede ser escritor igual. Quedarse tranquilo y mantener la industria andando. Leer y escribir. No hace falta leer todo el Canon Occidental, Ottonello, dijo Ezequiel de Rosso (mi mentor involuntario).

Por qué hacés esto con tu vida, dijo mi papá cuando se publicó “Amalia”.

La crónica de un divorcio es un embole. El cuento sobre eso tiene que ser bueno.

Como dice Santiago Llach (y Lorrie Moore), sólo queremos ser vistos y queridos.

El Hospital Piñero y la irresponsabilidad de ser escritor. Contar la anécdota de Mora frente a los escritores inútiles. Los problemas diurnos de un profesional de la salud mental versus los dilemas de los escritores emergentes: cómo terminar una frase, cómo usar menos adjetivos, cómo no abusar de los adverbios. Cómo contar algo que le interese al alguien. Eso nos preguntamos todo el tiempo con Damián, con Maga, con Sebastián y nos angustia como exiliados.

Qué miedo ser un exiliado voluntario. Tratar de pensar en Iowa City como nuestra versión de Walden. Dejarme crecer la barba y tener un problema capilar para distraerme.

¿Los adjetivos son los nísperos maduros de la mitocondria literaria? ¿Por qué los tengo que sacar?

Tratar de disfrutar del momento de leer los agradecimientos sin usar rivotril. Yo puedo, yo puedo. Total, el blíster está en el bolsillo del pantalón, como mi arma reglamentaria.

Piglia: psicología y Joyce (queda lindo citar a alguien, siempre queda bien).

Cómo Joyce entendió lo de “construir una dispersión”. Cómo queremos vivir vidas más plenas de las que tenemos. ¿Por eso será que escribimos?

La literatura sube el octanaje.

La psicología cobra por oír el drama intracranial.

Vidas más plenas, vidas más plenas, queremos vivir vidas más plenas.

Hacer un ejercicio de despojo zen: no llevarme tantos libros. Mi mujer tiene razón. Siempre pasa lo mismo.

Volver a preguntar si alguien no querrá un gatito tan lindo, rojo como una brasa. No contar que cuando muerde te saca sangre ni que se masturba sobre la cama, haciendo movimientos de presión de patitas sobre la ubre imaginaria de su madre. No decir nada del pene de mi gato Moscú.

Gracias a Luis Chitarroni, por el apadrinamiento y la contratapa. La leí dieciséis veces y no confirmo todavía si el libro le gustó.

Gracias a Ezequiel de Rosso por la guía de lectura desde 2008 al presente.

Controlar megalomanía inmoderada.

Armar un Facebook que se llame “Cartas a Mark Zuckerberg”. Que la primera carta arranque así: Querido Mark, voy a confesarte mi vergüenza. Yo siempre pensé que me iba a quedar al margen de tu invención, pero no lo toleré. Soy un poco snob, y no tener Facebook era una de mis armas de lucha. Ahora la perdí. Ahora voy a colgar fotitos de Iowa City. No lo quiero sentir como una derrota intelectual, sino como una decisión flexible. La verdad que lo tuyo es admirable. Yo también tuve una empresa pero no nos fue tan bien como a vos. Creo que si nos conociéramos, podríamos ser amigos. Va una foto del motel pedorro donde me quedo hasta que me entregan el derpa. Saludos, Otto.”

*

La mañana en que conocí a Santiago Llach.

Talcahuano y los bifes ebrios de la puerta.

La toma de yudo de la literatura norteamericana.

Lorrie Moore y sanación para escritores con demasiado ego y poca paciencia.

Lorrie Moore y el altar iluminado.

Lo rápido que encajé en el sistema de producción Llachita. En envión que me dio.

Hoy fue mi última clase con Santiago, después de tres años y medio. Casi me quiebro pero lo dejé para la noche.

No mezclar rivotril con champagne. Llama a los vómitos.

No hablar más de diez minutos.

A Fernando Gioia, el librero maldito.

Santiago Llach, el genio silencioso, gracias.

Volveré y seré mejillones.

Julieta Mortati, ya la mencioné.

Qué miedo me da Homeland Security. Ya nos frenaron una vez. Fue tomar rivotriles como fresias. Tener los papeles visibles y en orden. No tratar de deslumbrar al oficial de turno. No necesariamente les guste la literatura.

Migración y migraña.

A Jimena Zúñiga y Sebastián Zírpolo, mis editores en Bastión Digital.

Isabel Peña, por la sala y el regalo.

Leticia Bernaus, por todo.

Revisar stock de medicamentos: ¿seguro que tengo todo?

Mi papá, mi mamá, mi hermano Francisco: ¿ya los mencioné?

Ser amable con Leticia, ella también está nerviosa. Por eso vomitaba anoche. Es elegante hasta para eso. Su vómito ecológico que huele a cala.
A Esteban, Federico, Manuel, Leandro, Gaspar, Erik, Juan Patricio, Ezequiel, Julián, Pedro, Hernán, Cristian, por estar siempre

¡NUEVOS LANZAMIENTOS!

01_NO EXACTAMENTE_TAPA FINAL- WEBQUIERO SER ARTISTA_TAPA_FINAL

El sábado 25 de julio a las 18 presentamos los libros de cuentos

No exactamente de Alejandro Caravario y Quiero ser artista de Pablo Ottonello.

Los esperamos Centro Cultural Recoleta (Junín 1930, sala 8)

en el marco de la muestra de Isabel Peña,

“Ahora debe estar ocurriendo lo mejor pero me daré cuenta más adelante”,

con la presencia de Cristina Coll.

También han hecho estos libros:

Julián Villagra (diseño),

Ana Carucci (retratos) y

Martín Vittón (corrección).

EVENTO en Fcbk