09/10/21: Merienda íntima para celebrar la salida de La luz y la montaña

¿Por qué tanto ensañamiento?

Por Leticia Frenkel

Hay muchas razones por las que la novela de Soledad es tremendamente “actual” dentro de la narrativa contemporánea. Por un lado, están los temas: la maternidad y el interés por conectarnos con experiencias menos racionales, menos capitalistas (se me viene Carrére, por ejemplo, que acaba de editar Yoga). Por otro, el género: la escritura de un diario, de la literatura del yo y “la intimidad como espectáculo”, como dice Paula Sibilia, que tanto interés sigue despertando y también, increíblemente aún, controversias.

El otro día presencié una charla en la FED muy interesante entre Sole, Betina Gonzalez y Leila Sucari, cuyo tema, era, justamente la escritura de ficción y no ficción. La escuchaba a Sole tener que justificar que lo suyo es una novela y por ende no tiene menos valor que un relato “completamente inventado”, y se me revolvía el estómago. ¿Qué es esto de estar justificando si lo que escribí me llevó más tiempo o esfuerzo? ¿Acaso hay un termómetro para medir cuánto valor tiene la experiencia real o la inventada? Ayer leía a un amigo en Facebook recomendando un libro sobre una experiencia autobiográfica, y decía algo así como: “Lean ese libro y abandonen para siempre la autoficción”. ¿Por qué tanto ensañamiento? ¿Y, sobre todo, por qué me decís lo que tengo que hacer? En fin…

Pero más allá de estos chiquitajes, es interesante cómo esta literatura que toma inexorablemente el narcisismo propio de nuestra época (y de nuevo me vuelvo a acordar de Sole diciendo que Apegos feroces de Vivian Gornick, por ejemplo, es una novela autobiográfica escrita en 1987, no ayer ni el año pasado). Como decía, esta literatura tan “i me mine”, va a contramano de lo que propone La luz y la montaña, porque con la meditación lo que se busca es justamente “disolver el yo”, apagar un poco la ansiedad, la neurosis, la alienación, y el exceso de egocentrismo que nos llega como rayos fulminantes a través de Twitter o Instagram.

Por otro lado, el género “diario íntimo” parece ser el más natural para lo que busca contar porque, al igual que la práctica meditativa, escribir un diario implica una constancia, un trabajo de todos los días, como levantarse y sentarse sobre un zafu en silencio. Aunque hable de algo tan específico como la meditación, con palabras en sánscrito como atma vichara, ashram, y hasta algunas impronunciables como Tiruvannamalai, la novela consigue una calidez y una intimidad muy fuertemente vinculadas a cómo la narradora ahonda en lo cotidiano, en el devenir de los días que es, en definitiva, la vida misma.

Además, este mundo tan otro, tan particular como lo es el acto de meditar, “una práctica en la que aprendemos a convivir con nuestro ser” (¡a ver si los “pro mundos de pura ficción” pueden siquiera inventar algo parecido!), está conectado con preguntas y sensaciones que todos tenemos, meditemos o no. Confieso que soy una outsider. Siempre tuve ganas de interiorizarme en el mundo de la meditación, pero hasta ahora, a lo máximo que llegué en mi camino esotérico, es a hacerme la carta natal y la revolución solar. Cada vez que voy a lo de Corina, mi astróloga, me dice que, por mi ascendente en acuario me tendría que conectar con mi lado metafísico y espiritual, y que meditar sería lo ideal para mí ¡Increíble, ya estoy hablando de mí! Qué horror.

En ese sentido, hace poco leí un libro que me voló la cabeza que se llama Biografía del silencio, de Pablo D´Ors, y que Sole cita, por supuesto, en La luz y la montaña. En un momento dice lo siguiente: “Como muchos de mis contemporáneos, estaba convencido de que cuantas más experiencias tuviera y cuanto más intensas fueran, más pronto y mejor llegaría a ser una persona en plenitud. Hoy sé que no es así: la cantidad de experiencias solo sirve para aturdimos. No creo que el hombre esté hecho para la cantidad, sino para la calidad. Gracias a esa iniciación a la realidad que he descubierto con la meditación, supe que los peces de colores que hay en el fondo de ese océano que es la conciencia, solo pueden distinguirse cuando el mar está en calma, y no durante el oleaje y la tempestad de las experiencias. Y supe también que, cuando ese mar está en una calma aún mayor, ya no se distinguen ni los peces, sino solo el agua, el agua sin más”. (Leo esto y me dan ganas de ponerme a meditar ahora mismo, ¿a ustedes no?)

Pero casi al principio del libro, Pablo D´Ors dice otra cosita muy interesante: “Durante los primeros meses meditaba mal, muy mal; tener la espalda recta y las rodillas dobladas no me resultaba nada fácil y, por si esto fuera poco, respiraba con cierta agitación (…) Sin embargo, había algo muy poderoso que tiraba de mí: la intuición de que el camino de la meditación silenciosa me conduciría al encuentro conmigo mismo tanto o más que la literatura, a la que siempre he sido muy aficionado”. Puede que sea así. De nuevo el termómetro que mide y compara: realmente no sé si meditando tenemos más chances de conocernos que a través de la literatura. En el libro de Soledad, las citas de libros sobre espiritualidad se alternan con fragmentos de poemas de Sylvia Plath, Simone Weil y Adrienne Rich. Y entre ambos lenguajes, se construye el sentido o, mejor, el sinsentido en esta búsqueda acerca de quiénes somos y qué deseamos.

Por esto, y para ir cerrando, es fundamental hablar un poco de la escritura de la novela. La luz y la montaña logra un doble movimiento: por un lado, una voz lúcida, profunda y crítica, pero también vulnerable, conmovedora y liviana –como si estuviera levitando–, que nos va metiendo en ese mundo de sierras, arroyos y comidas naturales, al mismo tiempo que va desparramando de una manera sencilla y natural, como si arrojara semillas en la tierra, algunas preguntas ontológicas, existenciales, que nos atraviesan por el cuerpo como nuestra columna vertebral: “¿Hay algo de escape en la necesidad de sentarse todos los días en silencio, con los ojos cerrados e inmóvil?” ¿Está mal escaparse? “¿Por qué me cuesta tanto volverme simple? “¿Qué es vivir de verdad?”.

Pero además, hay otra pregunta crucial que recorre toda la novela: “¿Por qué aparece el conflicto entre ser madre y la espiritualidad?”, se pregunta ella, mientras cuenta que su momento para meditar es a la mañana, justo antes de que se despierte su hija Aurora (Sole dice que “hasta se volvió experta en calcular a qué hora iba a despertarse para poder poner una alarma 40 minutos antes”). Cada una podrá responderlo con su propio “issue”: “¿Por qué el conflicto entre ser madre y… puntitos suspensivos? La novela también habilita el problema de “ser madre y escritora”, y enseguida resuenan los ecos, entre muchas otras, de Natalia Ginzburg y de Jane Lazarre. Con mucha gracia, Soledad parece decirnos: ser madre es acostumbrarse a modos de ser que constantemente se ven interrumpidos. Porque, ¡qué más trunco que estar meditando y que nuestra hija se nos cuelgue como un monito o nos pida un plato de granola!

Justamente, le contaba a Sole por Whatsapp mientras leía su libro hace unos meses, que muchas parte las leí en la terraza de mi casa, mientras jugaba con mi hija Julia (escribir es toda una proeza. Pero hasta leer tranquilas a veces se convierte en una aventura exótica, ni hablar si estamos en pandemia). Como ella es amiga de Aurora, le leía en voz alta los diálogos que tenían Sole con Auro y luego los charlábamos. A Juli la maravillaba escuchar que su amiga estaba en un libro. Y también le encantaba oír escenas en lugares que ella misma conoce y adora, como la casa de su amiga o las excursiones al arroyo, donde la madre se preocupa porque piensa que su hija se comunica con las piedras y las plantas, o cuando le pregunta cosas que a mi hija también le interesan bastante y que en general no sé cómo contestar: “¿Por qué hay gente en el planeta” ¿los seres humanos también se mueren?, ¿cómo llegan los bebés a la panza? ¿Quién nos inventó? Frente a esto, Aurora inmediatamente responde: “Para mí un señor inventó a los animales y una señora inventó a las plantas”. ¡ Abanderados de la pura ficción, a ver si pueden superar algo así!

Editar a y con Soledad

Por Julieta Mortati

A Sole la conocí en el taller de Santiago Llach hace casi diez años. La recuerdo leyendo un texto que después publicaría en Mamá India hundida en el sillón de ese living de luz cálida de la calle Talcahuano. En ese momento, Tenemos las Máquinas todavía no existía ni en los pensamientos. Como Sole, yo también acababa de volver de viaje. Estaba sin amor, sin trabajo y sin rumbo. Recuerdo que sus palabras me interpelaban y al mismo tiempo me conmovían del modo en que la prosa de Sole me sigue conmoviendo hasta el día de hoy: sin aviso. 

Unos años después me dijo que había juntado el material que había estado escribiendo todo ese tiempo y que le parecía que tenía algo. Hacía tres años había fundado la editorial y su texto cuajó perfecto con lo que buscaba: textos que no diera lo mismo que existieran o no, ni para mí, ni para la autora y esperaba para quienes lo leyeran tampoco. Ni bien me lo mandó lo leí de un tirón y al terminarlo la decisión de publicarlo fue inmediata. El título Mamá India vino con el manuscrito o no demoró en llegar, la edición tomó algunos encuentros en el que fuimos puliendo el texto en el Word y también en el PDF. Me acuerdo de una tarde que nos sentamos juntas en la oficina a la calle que había instalado en el local de la imprenta de mis padres. Se escuchaba el ruido de los camiones que pasaban por la avenida Independencia y se sentía el olor del smock. Sin embargo nos pusimos de acuerdo muy rápido. Después Ana Carucci la dibujó con su trenza larga, al retrato no hubo que hacerle casi ningún retoque y a los pocos meses Mamá India estaba en librerías. Lo presentamos primero en Buenos Aires, leyeron Damián Tullio y Cecilia Fanti y como cierre hubo un baile hindú en el que al final la bailarina le regalaba una flor para desearle buenos augurios. A los meses viajamos a su pueblo, General Deheza en Córdoba y su profesora de literatura del secundario la presentó en el salón de la Cultura del pueblo, estaba lleno, hubo fotos con el intendente, baile y cosas ricas. Nunca antes había vendido tantos libros juntos.

La luz y la montaña se gestó en un contexto completamente diferente. Un verano Sole y Santi se fueron de vacaciones a Traslasierra por quince días. Quince días después de volver, dejaron su casa de Buenos Aires y se fueron a vivir allá. Me acuerdo de los mensajes de whatsapp de ese primer año y los momentos duros de la adaptación. Al verano siguiente fuimos a pasar las vacaciones con ellos. Sole nos consiguió una casa en la que desde la ventana de la habitación veíamos caballos comer pasto y mientras de un lado se ponía el sol, del otro la montaña se volvía rosada. Nos quedamos un mes y todas las semanas nos juntábamos a leer lo que estábamos escribiendo. Ella leía su diario. 

Un día me dijo que ya creía que lo tenía terminado, lo habían leído varios amigos y parecía que había «algo». Ese «algo» me atrajo mucho más que si me hubiera dicho que había terminado “una novela”, porque proponía atravesar juntas el camino de ver qué tenía entre manos. Si siempre dije que publicaba libros para hacerme amigos, publicar La luz y la montaña significó conocer más a mi amiga. Me sorprendió lo que contaba, nunca me lo hubiera imaginado con esa intensidad, y si era eso lo que le pasaba, me sentía en falta y le debía varios abrazos. Pero al mismo tiempo, la descubrí también más valiente, no por lo que contaba sino por lo profundo que se animaba a ir y también terminé de comprobar que Soledad no es una escritora por azar, sino porque cree en la literatura, en leer y escribir, como forma de vida.

“¿Los nombres van reales?”, le pregunté. “Sí”, me dijo sin vacilar, “ya fue, ya fue todo”. Sole, que en general puede parecer una persona dubitativa, es como si se guardara el poder de la asertividad para lo que verdaderamente importa.

En ese momento yo había quedado embarazada, después nos agarró la pandemia. Después yo parí, Sole había quedado embarazada y la salida del libro se fue estirando. Este libro abriría una colección nueva en la que publicaría autores reconocidos y las obras siguientes de los autores de TLM y teníamos que definir la línea. Nos pusimos a trabajar con Ana Carucci, probamos otro tipo de retratos que los de la colección Primeros Libros, pero no salió. Luego decidimos que el camino del dibujo de tapa era por la obra y usamos todo el pliego de tapa. Mientras, con Sole íbamos pinponeando títulos hasta que quedó La luz y la montaña. Fueron decisiones lentas. Después Ana cayó con covid y estuvo exactamente 42 días mal. Después, yo cometí el error de mandarle a Sole el Word corregido sin control de cambio y cuando Sole me pidió ver las correcciones no tuve más respuesta que enviarle un archivo comparado. Tensión y malestar. Revisamos el texto por zoom, Sole en Córdoba capital esperando que se desencadenaran las contracciones y yo acá con Lena dormida en mis piernas. Nos dijimos cosas en un tono en el que nunca habíamos hablado. Continuamos. Finalmente llegamos a un Word consensuado. Nació Felipe y pasamos a la siguiente etapa. En junio fuimos a Traslasierra a cortar el invierno, me disculpé y nos abrazamos, pasamos tiempo juntas y firmamos el contrato. Ana me mandó el boceto final de la tapa, la síntesis (una serenidad amenazada) con la que entendió todo me dejó estupefacta. 

Cuando estábamos por pasar las últimas correcciones del PDF, Julián, el diseñador, cayó dos semanas con covid. Era junio y aun no habíamos publicado el libro que se iba a publicar en marzo. No nos quedó otra que seguir esperando. Julián se recuperó, armó el archivo final, imprimí una prueba, lo leí por quinta vez, controlé las citas, whatsapps de fin de semana. No podía creer el resultado, lo hermoso que había quedado, le sacaba fotos a las pruebas de tapas, habíamos hecho varias para llegar al color. Reconozco que me obsesioné con este libro, me obsesiono con los libros de TLM, pero cuando salen me dan más felicidad que los libros escritos por mí.  Finalmente teníamos la tapa, el interior y el libro salió con la llegada de la primavera.

Creo que después de La luz y la montaña no somos las mismas, siento que la amistad pasó por pruebas difíciles, pero se fortaleció. Espero poder seguir publicando tus libros que vendrán.

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