TLM y Garrincha Club en la Feria del Libro: Toda literatura es de autoayuda

Miércoles 4 de mayo de 1830 a 22 junto a Garrincha Club en Zona Futuro.

Salvo la que está en los libros de autoayuda, toda literatura es de autoayuda. Además de informar y entretener, la escritura y la lectura son modos de configurar la sensibilidad, de crearle al caos y a la finitud el consuelo de un orden ficticio, la forma de esa fe que es saber que no se sabe nada. Más allá de las utopías autonomistas y esteticistas, la literatura es una manera de tramitar nuestros fantasmas, nuestros miedos. Es el oficio de trabajar los errores para que parezcan hechos a propósito. La serie de textos, literarios y no, que leemos a lo largo de nuestras vidas, nos ayudan a comprender y a comprendernos. En este encuentro, convocamos a escritores y artistas para que, desde lenguajes y acciones que ensanchan los límites de la literatura que está en los libros, bordeen ese lugar donde se tocan la ficción y la terapia.

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(Fotos de Hugo Sánchez)
Eitán Futuro
Damián Tullio escribió sobre la performance de Eitán: ” […] No la bajé porque no creí que se mereciera, esa belleza que hacía Eitán, que alguien la bajara, que alguien la morigerara en ningún sentido. Quería, y eso sí me lo reprimí por clasemediero correcto, subirlo más. Llenar de esa música hasta el stand de la otra punta, el de la editorial Océano, el que está más en la otra punta, lleno, me lo imaginaba, lleno de todos eses versos que Eitán tiraba a repetición, trá-trá-trá como un flashazo de luz en la oscuridad.[…]”
Tálata Rodríguez
En mi casa no había bibliotecas de pared ni libros dando vueltas por ahí como pelusas. Hay casas donde los libros están por todos lados, hasta en el baño o la cocina. Eso se usa mucho ahora, poner estantes con libros en la cocina. Lo veo en páginas de decoración, es bueno mirar páginas de decoración. Dicen mucho sobre la vida, sobre el futuro, sobre quiénes somos y qué queremos.
Sin embargo, más allá de que no hubiera libros a la vista, mi mamá tenía su secreto, su escondite. En la parte alta del placard, donde irían los pulóveres, donde otras mujeres, yo misma, guardamos los cárdigans, los saquitos de media estación y los polerones de lana, ella guardaba libros. Era, en términos estrictos, una biblioteca, sí, pero pienso que si digo biblioteca se van a imaginar una serie de libros apilados, por títulos o autores, una colección, una pasión ordenada, algo así. Y lo que mi mamá tenía ahí era otra cosa, era como un basural, un depósito desprolijo, una parte de ella que no mostraba.
¿Por qué ahí? No sé. Espacio en la casa había, pero ella los guardaba en el placard. Es sintomático, puede ser: lo que le gustaba, escondido como un placer culposo. Pero son tristes esas síntesis pesimistas de las mujeres de antes, pienso, mejor, que lo de mi mamá era un gesto para preservar su interioridad, para que nadie supiera del todo lo que pensaba.
No creo que un libro me haya salvado la vida, pero estoy segura de que algunos me modificaron.
El primer libro para adultos que leí fue Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís. A veces mi mamá bajaba los libros del placard, los ponía sobre la cama y los limpiaba, o los sacaba todos para buscar uno que estuviera atrás. Era una biblioteca incómoda, poco funcional. Ese título me llamó la atención porque yo era una nena y era una nena particularmente sensible a las cosas de nena: odiaba el celeste y gustaba con pasión de un chico, escribía un diario íntimo y sufría por no ser rubia. “Flores” era una palabra del mundo de las nenas, y “Quilmes” un barrio cerca del mío. Entonces se lo pedí. Me dijo no, esto no es para que lo leas vos. Y lo guardó.
Es bastante obvio lo que pasa cuando alguien te prohíbe algo. Esperé a que mi mamá se olvidara, me subí a la escalerita y agarré Flores robadas. Lo leí a escondidas en tres o cuatro días, en los ratos en los que no me veía. Hice una lista de todas las palabras que no conocía para buscar en el diccionario. Nunca las busqué, las fui aprendiendo con el tiempo. Pero guardo esa lista porque está escrita atrás de un cuaderno. El otro día la encontré y me hizo gracia porque hay palabras como “endeble” y “capitalismo”. Yo tenía 11 años.
El libro me perturbó y, sobre todas las cosas, me excitó. El tipo coge mucho con una mujer en un departamento que, dice el narrador, me acuerdo, huele a sexo y a ajo. Conocía el olor del ajo porque básicamente es el olor de mi papá, él come todo con ajo. El mal de la pareja, la de mis padres, es el ajo… pero no conocía el del sexo.
El narrador de Jorge Asís me pareció un tipo malo, inteligente y malo, callejero, agudo y brutal. La masculinidad, desde ese momento, se configuró en mi cabeza así: los hombres que nos gustan, los que leemos y escondemos en el placard con culpa, son eso, desprecio y lucidez. Una idea tonta y apurada claro, pero difícil de extirpar.
Después, por suerte, vinieron las mujeres a salvarme: Silvina Ocampo, Marguerite Duras, Dorothy Parker… Y algunos hombres un poco más buenos, más rehabilitados. Entonces, empecé a configurar a los hombres también desde la dulzura y desde el humor.
No sé si Jorge Asís es la entrada correcta para una niña a la literatura, pero en los libros de mi mamá, en los libros que no me dejaba leer porque eran de adultos, yo entendí que la literatura podía ser un lugar donde tener pensamientos sucios, ser mala, pensar en sexo, no pedir permiso y hasta mentir; no iba a ser juzgada. Lo que mi mamá escondía en ese placard, pienso ahora, aunque fuese en boca de un viejo misógino, era la libertad.

Pedro Mairal

No sé si algún libro me salvó la vida. En forma directa seguro que no, digo, así como esas Biblias en el bolsillo del saco que terminan deteniendo un balazo. Eso no me pasó. Más bien creo que fue al contrario. Una vez casi me caigo de un ferry cruzando a la isla de Chiloé por querer agarrar unas páginas que se me volaron de una edición descuajeringada de Las memorias de Adriano. No era un libro adecuado para mi etapa de mochilero místico. Demasiado ademán clásico de Yourcenar, mucha frase cadenciosa, mucha sintaxis estirada por la traducción de Cortázar hacia una languidez que pretendía ser de triclinium romano, pero era más de chaise longue y biombo con cisnes. Yo estaba más para Kerouac o Celine, pero todavía no me los había encontrado, así que en la cubierta del ferry en vez de mirar el gran océano del mundo me quise hacer el intelectual, el introspectivo frente a una mochilera argentina, y se me voló medio capítulo del libro. Fue como un manotazo de Dios sacándome el libro de las manos, para que levantara la vista y le prestara atención a esa mujer. Pero yo fui tras mis páginas y casi me caigo al agua. De todas formas, la figura del antihéroe casi siempre funciona.

Quizá una recopilación de cuentos de Cortázar me ayudó a vivir. No sé si me salvó la vida, pero sin duda me ayudó a atravesar los meses de la soledad extrema de la mentira. Yo había largado el Ciclo Básico que había estado cursando para entrar supuestamente en Medicina; ya había largado, pero todavía no lo había contado en mi casa. No quería desilusionar a nadie, ni a mí mismo. Me tomaba todas las mañanas el 37 a Ciudad Universitaria y cuando llegaba iba directo al bar. Lo importante era ir a algún lado para salir de casa y simular. Y si iba a Ciudad Universitaria, la mentira se hacía más chica. Seguía yendo a la facultad, aunque ya no cursara. En ese bar, desde donde se veían el camalotal del río y unas ratas del tamaño de carpinchos, empecé a leer por primera vez de una manera distinta. Empecé a leer los cuentos de Cortázar como los chicos cuando desarman un juguete. Quería ver cómo estaban hechos por dentro. Dónde estaban los trucos. Cómo hacía el autor para hacer pasar al lector del lado A al lado B sin que se diera cuenta, dónde estaban los vasos comunicantes de ambas dimensiones, cómo estaba armada esa cinta de Moebius hecha sólo con palabras. La noche boca arriba, Lejana, Axolotl, Las puertas del cielo, Continuidad de los parques… leía esos cuentos deslumbrado y lleno de curiosidad. Esa concentración en algo lejano a mi mentira diaria me tiene que haber hecho bien, sin duda.

Una antología de poemas reunidos de Joaquín Giannuzzi también me ayudó a pasar un invierno personal. Antes de cumplir treinta años me di cuenta de que mi poesía ya no me servía para vivir. Mi imaginario poético medio nerudiano, de ciclos naturales, constelaciones, la Mujer con mayúscula, el sistema solar, mi bestiario lírico, todo eso no tenía nada que ver conmigo, con mi vida de casado, deudor de impuestos, bajando en ascensor, viajando en subte al centro. Estaba alienado, mi poesía trataba de cantar por un lado y yo mascaba bronca por otro. Hasta que encontré al gran Giannuzzi y me topé con sus poemas de departamento, poemas cerebrales, urbanos, tabacosos, argentinos. Poemas de gente viendo televisión, gente insomne, gente que escucha disparos en la cuadra, de noche. Poemas en los que suena el teléfono a las tres de la mañana.

Finalmente se podía hablar de lo horrible de la vida desde la perplejidad del misterio. En eso había una redención, en la pregunta, en no saber, en entregarse al miedo y la oscuridad agarrado a las palabras. Giannuzzi, o su poesía, o ese libro en particular, me salvó del silencio.

Y después está el libro que a uno siempre le va salvando la vida, el libro imaginado, premeditado, el que uno lleva en la cabeza y todavía no escribió. Es un libro que está en el aire, que abarca la totalidad, es como una atmósfera dentro de la cual uno respira con la sensación de que todo se puede escribir, todo sirve, hasta las ridiculeces vergonzosas del día, la sombra más mínima que proyecta el pensamiento, y los grandes temas también, la filosofía del devenir, porque la vida entera va a entrar en la novela que uno tiene en mente, el tiempo desde el principio hasta el final. Todo sucede de golpe en el libro venidero, explota la trama en todas las direcciones posibles y uno vive sobreviviendo dentro de esa posibilidad.

Caro Ortega dijo:

“Nos criamos con la certeza de que los padres son sujetos de seguridad. Es perturbador pensar que un padre o una madre no van a cumplir con ese rol. Pero pasa. Cuando tenía 7 años, mis viejos se separaron de un modo bastante violento, a mi viejo no lo vi más.  

No es casual que para esa época leyese completo mi primer libro. Fue “Alicia en el país de las maravillas”, una chica un poco triste que descubrió que había otros mundos, más fantásticos. 

A partir de ahí, de la falla de los sujetos de seguridad, me refugié en mis objetos de seguridad: los libros. 

Mark Twain y su Huckleberry Finn me enseñó que se podía sobrevivir siendo medio huérfano y vivir aventuras. Empecé a imaginar mis aventuras, luego las viví. 

Alcott me permitió saber que se podía escapar a las convenciones y ser una señorita rebelde en un medio muy controlado, y que habría un caballero comprensivo que vendría al rescate. El caballero no apareció, pero pude ser la señorita rebelde.

Hace unas semanas mi historia apareció en el noticiero. La chica que reencontró a su padre en un taxi, camino a socorrer a su mamá que había sido robada. Con la difusión del caso y mediante las redes sociales, mi viejo me envió hace unos días un mensaje: quería verme. Y yo quería verlo a él, tenía algunas preguntas que hacerle, sin rencores. ¿Dónde lo iba a recibir si no era en una librería, rodeada de mis objetos de seguridad?
Ayer por la tarde, lo cité a tomar un café en una librería. Agarré el libro de Kurt Vonnegut “Desayuno de Campeones”, su tapa es muy colorida y necesitaba de esa energía que dan sus dibujos, casi como un amuleto. Lo abrí al azar, mientras esperaba, y leí algo así como que en el núcleo de cada persona hay una franja de luz imperturbable. Y agrega: están tocando el timbre en mi piso de NY y antes de abrir la puerta sé lo que voy a encontrar: una franja de luz imperturbable.
Eso hice ayer por la tarde en el café de esa librería.

Hugo Sánchez habló y leyó estos poemas desde su smartphone

La brujas no existen

Raphilusa

una tana chiquita

que llegó

a la tierra

de martucho

en el 30

crió sola

a sus hijos

lavando

ropa ajena

Raphilusa

está más allá

que cualquier

otro mortal

curaba

el empacho

el maldeojo

los parásitos

y el dolor

todo

con palabras

cuando

la ciencia

no podía

Raphilusa

si

hasta el doctor

badoyan

le llevaba

a sus hijos

Raphilusa

me enseñó

que las palabras

curan

pero yo

igual tomo

hasta remedios.

Ventanas

Abro la ventana y el día está soleado
un conjunto de palabras
que trabajan juntas
y generan una estúpida imagen
de felicidad
si esa ventana
fuese la de un hospital
el día soleado
sería una mierda
el mundo
como lo vemos
no existe
el mundo
no es igual
para todos
existe el mundo
que conocemos
que sentimos
que nos toca
en el reparto loco
de la vida
cuando abrís los ojos
cada mañana
y abrís tu ventana
el mundo
se te presenta único
prisionero
de las palabras
que tengas
puedas
sientas
te animes
o que la vida
te deje pronunciar
para explicarlo

Escribo
en la habitación 233
al lado del viejo Sánchez
que abre sus ojos
y sin pronunciar palabra
me mira.

Alfredo Jaramillo

Vas a ser padre

Tuve la terrible suerte, unas pocas semanas después de haber recibido la noticia de que mi novia estaba embarazada, de leer un poema de Henri Michaux. Comenzaba de la siguiente manera: ¿Quién al saber que es padre de un niño no ha sido presa de un sudor frío, luego de una cólera fría y luego de una vaga alegría y también de un desaliento y un odio hacia todas esas larvas que asedian el mundo y sólo buscan salir y hacer pie sobre esta tierra donde nosotros caminamos ya tan difìcíimente, tan forzados, tan sofocados? Era de noche. Posiblemente agosto, quizá septiembre; en todo caso, una noche que recuerdo fría, no tanto por el clima que reinaba en la calle sino por el pavor que me inundaba. Mercedes, mi novia, dormía en la habitación de al lado mientras yo hacía uso, con esa típica gula del que ve próximo el fondo del tarro, de las instalaciones conocidas bajo el nombre de “estudio”, prontas a ser reconvertidas en habitación destinada a los mágicos sueños del niño.El encuentro con el poema de Michaux, les aseguro, fue completamente fortuito, y no hacía más que agravar mi situación. Aunque, pensándolo mejor, ¿era casualidad? Por supuesto que no. ¿Pero qué quería decir? En general los signos tienen esa cualidad redentora que lo alivian a uno de tener que lidiar con el mundo real. Los “mensajes del universo”, las “coincidencias”: nuestra cultura suele consagrarlos como símbolos de buenaventura, de dicha, de predestinación.Ahora bien: ¿por qué este hijo de puta, en lugar de mandarme una señal tranquilizadora, me hundía no ya en la incertidumbre -que en última instancia tiene la ventaja de un posible buen desenlace- sino en la certeza de que ese útero que se expandía y se contraía en la pieza de al lado iba a terminar, a fin de cuentas, expulsando una criatura a la que yo cargaría un poco torpemente en los primeros tiempos, con más habilidad con el correr de los meses; que presentaría en sociedad sin estar del todo convencido del rol que me tocaría desempeñar como varón; yo, que en las fotos jamás salí altivo, ni apuesto, cómo haría para integrarme al cuadro familiar y proyectar una imagen de padre? ¿Se desintegraría mi cara de las fotos familiares, como les sucede a los personajes de “Volver al Futuro”?Mi estado moral era lamentable. Lanzado a aprovechar mis últimos meses solo, bebía con asiduidad y salvajismo. Salía de casa y volvía a las cuatro de la mañana. Me dejé el pelo largo y volví a tocar la guitarra. Compuse una canción que decía: “Como un animal que está solo/ esperando su final / solo”, y así.En simultáneo, la culpa de estar comportándome como un imbécil me acorralaba. ¿Qué pensaría mi hijo de mí cuando alguien le contara de las cosas que hacía? No quería dar una mala imagen. Era mejor estar a la altura de las circunstancias y actuar de un modo normal. Hacerle regalos a mi mujer. Besarla. Pensar en un nombre para el bebé. Buscar videos de “cómo cambiar pañales” en YouTube. El poema de Michaux, previsiblemente, terminaba peor que al comienzo: la pareja protagonista del relato llevaba a vivir a su hijo con unos campesinos. Uno de sus vecinos era escultor y tenía un oso atrapado en un foso que le servía de modelo vivo. El resto se lo pueden imaginar.Todavía trato de pensar en la moraleja que me dejó aquel encuentro con el poema de  Michaux, pero no estoy tan seguro del mensaje. Lo que sí está claro es que ser padre es una experiencia bastante loca y extrema.Tengo otra anécdota al respecto: un día vino a casa mi amigo Héctor, que también fue papá hace relativamente poco. Prendimos la tele y destapamos una cerveza. En la TV Pública pasaban un partido de la Selección, no recuerdo si era amistoso o por las eliminatorias. Jugaba Messi. Casualmente, por esos días, el astro futbolístico también estaba en la dulce espera. Pero en el campo de juego estaba nervioso, se resbalaba, no le salía una. En un momento las cámaras mostraron cómo Messi -sobre quien pesan firmes sospechas de ser un altísimo pecho frío- llegó a decir “la concha de tu madre”. A un rival. En la cara. “No lo puedo creer”, le dije a Héctor. Pero enseguida me corrigió. “No es raro, Jara. Messi va a ser papá”.

2013-05-04 19.07.45
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